Wittgenstein solía escribir sus pensamientos en forma de notas breves, en cuadernos u hojas sueltas. Os copio algunas de sus anotaciones más filosófico-personales:
Apresar profundamente la dificultad es lo difícil. Pues al apresarla superficialmente, sigue siendo la misma dificultad que era. Hay que arrancarla de raíz, y esto quiere decir que debe empezarse una manera nueva de pensar sobre estas cosas. Los problemas vitales son insolubles en la superficie, sólo se pueden solucionar en la profundidad. En las dimensiones de la superficie son insolubles.
Cada una de las frases que escribo se refiere al todo, por tanto son siempre lo mismo y, por así decirlo, sólo son aspectos de un objeto visto desde distintos ángulos.
Me es indiferente que el científico occidental típico me comprenda o me valore, ya que no comprende el espíritu con el que escribo. Nuestra civilización se caracteriza por la palabra “progreso”. Y aun la claridad está al servicio de ese fin; no es el fin en sí. Para mí, por el contrario, la claridad, la trasparencia, es un fin en sí. No me interesa levantar una construcción, sino tener ante mí, transparentes, las bases de las construcciones posibles.
El trabajo filosófico –como en muchos aspectos sucede en la arquitectura- consiste, fundamentalmente, en trabajar sobre uno mismo. En la propia comprensión. En la manera de ver las cosas (y en lo que uno exige de ellas).
¡Qué difícil es para mí ver lo que tengo ante los ojos!
La alegría por mis pensamientos es la alegría por mi propia y extraña vida. ¿Es alegría vital?
La mirada humana tiene la capacidad de hacer las cosas más valiosas. Ciertamente, también se vuelven más caras.
Deja hablar sólo a la Naturaleza y reconoce por encima de la Naturaleza únicamente algo mayor, pero no lo que los otros pudieran pensar.
Lo inefable (aquello que me parece misterioso y que no me atrevo a expresar) proporciona quizás el trasfondo sobre el cual adquiere significado lo que yo pudiera expresar.
Cuando algo es bueno, también es divino. Extrañamente así se resume mi ética.
Lo que es bonito no puede ser bello.
Debe desmontarse el edificio de tu orgullo. Y es una enorme tarea.
La solución a los problemas que ves en tu vida es vivir de tal forma que desaparezca lo problemático. Decir que la vida es problemática es decir que tu vida no se ajusta a la forma de la vida.
Estoy sentado sobre la vida como el mal jinete sobre el caballo. Debo agradecer a la bondad del animal el no ser derribado ahora mismo.
Un hombre está preso en una habitación que no tiene llave y cuya puerta se abre hacia dentro, si no se le ocurre tirar de ella en vez de empujarla.
En otras épocas, los hombres ingresaban en monasterios. ¿Se trataba de hombres tontos y embotados? Bien, si tales personas emplearon tales medios para seguir viviendo ¡el problema no puede ser fácil!
La forma en que empleas la palabra ‘Dios’ no muestra en quién piensas, sino lo que piensas.
Opino que el cristianismo dice, entre otras cosas, que todas las doctrinas no sirven de nada. Debe cambiarse la vida. (o la dirección de la vida). Que toda la sabiduría es fría y que con ella es tan difícil ordenar la vida como forjar hierro frío.
La religión cristiana es sólo para aquel que necesita una ayuda infinita, es decir, para quien siente una angustia infinita.
No puede haber un grito de angustia mayor que el de un hombre.
(Textos extraídos del libro L. Wittgenstein, Aforismos. Espasa calpe)
martes, 20 de julio de 2010
sábado, 26 de junio de 2010
El valor del Silencio (Wittgenstein I)
La última frase del libro de Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, dice:
Pero, ¿por qué le iba a interesar a nadie hablar de lo que no se puede? ¿Cuáles son, según Wittgenstein, esas cosas de las que no se puede hablar?
Pues, precisamente todas las que tienen valor, o sea, lo valioso mismo. No se puede hablar, según Wittgenstein, de si la vida es maravillosa o carece de sentido, de si el amor es lo más importante, de si parece un milagro que existan las cosas…
De lo único que se puede hablar con sentido, es de aquello de lo que habla la Ciencia. Pero la Ciencia no habla de nada que tenga en sí mismo valor, porque la Ciencia sólo habla de hechos, y los hechos no son buenos ni malos.
Wittgenstein pensaba que había que dejar esto totalmente claro. Una cosa son los hechos, y otra absolutamente distinta, los valores que damos a esos hechos, las cuestiones de qué sentido tiene todo el mundo:
Según le dijo a su editor, su libro consta de dos partes, la que está escrita y la que no está escrita, porque no puede decirse.
El Mundo es el conjunto de los hechos o sucesos. Las proposiciones del Lenguaje reflejan o figuran esos hechos, especialmente en la Ciencia, que es el uso correcto del Lenguaje. Todo lo que podemos decir, son hechos científicos.
El Lenguaje con el que figuramos los hechos del mundo tiene una Forma universal, que es la Lógica. No podemos entender una realidad que no se ajuste a la lógica: Los límites de la Lógica son los límites de mi mundo, o sea, la forma general de todos los hechos que puedan ocurrir. Por eso mismo, la Lógica no es un hecho, sino, como decía Kant de las categorías, la posibilidad de los hechos. Pero, entonces, la Lógica o Forma de la realidad, no puede decirse, sólo puede “mostrarse”, por medio del lenguaje. Tal como la vista no puede verse, sino manifestarse al ver.
Cuando valoro el Mundo, como un todo, cuando pregunto por el sentido de la realidad entera, voy más allá del mundo y de su forma lógica, de lo que puedo decir y de lo que puedo mostrar al decirlo. Me coloco en un lugar completamente “trascendente”, del que no puedo decir ni una palabra.
Es verdad que continuamente hablamos de bueno y malo: esto es una buena silla… Pero esas frases tienen sentido porque en ellas ‘bueno’ tiene un valor relativo, no absoluto:
Pero ¿qué podemos decir de algo que tuviese un valor absoluto? Nada de nada:
Pero, que la ciencia no pueda decir nada de eso, no le quita ningún valor. Al contrario.Igual que, según Kant, aunque la Metafísica no puede ser ciencia, es un empeño humano inevitable y que procede de su grandeza, Wittgenstein escribe:
Un positivista es un filósofo que cree que sólo lo que es científico tiene sentido, y de lo demás no debe hablarse, porque no puede decirse una palabra sensata. ¿Era Wittgenstein un positivista?
Los positivistas de esos años (la “escuela de Viena”) consideraron a Wittgenstein una especie de maestro, porque afirmaba rotundamente que sólo se puede hablar de lo científico. Ni de la religión, ni de la ética, ni de la estética, se podía decir una palabra verdadera o falsa.
Pero Wittgenstein era algo totalmente diferente. Los positivistas pensaban que podemos y debemos vivir sin acordarnos para nada de todo aquello que vaya más allá de la ciencia. Wittgenstein, al contrario, pensaba que sólo importa aquello que va más allá de la ciencia: sólo importa lo que no puede decirse. El espíritu positivista le parecía despreciable, insensible para todo lo que tiene misterio y valor.
Wittgenstein era un místico. Su teoría nos recuerda, por ejemplo, lo que dicen algunas religiones, como la judía (él era judío, aunque no “practicante” de los ritos), de que no se puede nombrar lo divino. Los judíos no pueden nombrar a Yahvé.
Pero, si sólo se puede hablar de hechos, y no se puede hablar ni de la forma del mundo ni de lo que está más allá de todos los hechos, o sea, del valor de las cosas, ¿cómo es que Wittgenstein habla de todo eso? ¿Por qué no se limita a hablar de lo que tiene sentido, o sea, a la Ciencia? ¿Por qué se dedica a la Filosofía y a la ética?
¿Qué crees? ¿No puede decirse nada de lo que tiene Valor Absoluto?
¿Crees que un positivista es una persona que no tiene nada dentro de la cabeza, o un místico es alguien que tiene la cabeza llena de pájaros y fantasmas? ¿Se puede y se debe vivir sin lo Místico? ¿Crees que nuestra época es positivista, o deja lugar a lo místico? ¿Cómo es una sociedad donde no hay sitio para lo místico y lo valioso?
(las citas de Wittgenstein proceden del Tractatus y de la Conferencia de ética)
De lo que no se puede hablar, mejor es callarse¡Qué cosa más sensata! ¿no?
Pero, ¿por qué le iba a interesar a nadie hablar de lo que no se puede? ¿Cuáles son, según Wittgenstein, esas cosas de las que no se puede hablar?
Pues, precisamente todas las que tienen valor, o sea, lo valioso mismo. No se puede hablar, según Wittgenstein, de si la vida es maravillosa o carece de sentido, de si el amor es lo más importante, de si parece un milagro que existan las cosas…
De lo único que se puede hablar con sentido, es de aquello de lo que habla la Ciencia. Pero la Ciencia no habla de nada que tenga en sí mismo valor, porque la Ciencia sólo habla de hechos, y los hechos no son buenos ni malos.
Wittgenstein pensaba que había que dejar esto totalmente claro. Una cosa son los hechos, y otra absolutamente distinta, los valores que damos a esos hechos, las cuestiones de qué sentido tiene todo el mundo:
Según le dijo a su editor, su libro consta de dos partes, la que está escrita y la que no está escrita, porque no puede decirse.
El sentido del mundo debe quedar fuera del mundo. En el mundo todo es como es y sucede como sucede: en él no hay ningún valor, y aunque lo hubiese no tendría ningún valor.
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El Mundo es el conjunto de los hechos o sucesos. Las proposiciones del Lenguaje reflejan o figuran esos hechos, especialmente en la Ciencia, que es el uso correcto del Lenguaje. Todo lo que podemos decir, son hechos científicos.
El Lenguaje con el que figuramos los hechos del mundo tiene una Forma universal, que es la Lógica. No podemos entender una realidad que no se ajuste a la lógica: Los límites de la Lógica son los límites de mi mundo, o sea, la forma general de todos los hechos que puedan ocurrir. Por eso mismo, la Lógica no es un hecho, sino, como decía Kant de las categorías, la posibilidad de los hechos. Pero, entonces, la Lógica o Forma de la realidad, no puede decirse, sólo puede “mostrarse”, por medio del lenguaje. Tal como la vista no puede verse, sino manifestarse al ver.
Cuando valoro el Mundo, como un todo, cuando pregunto por el sentido de la realidad entera, voy más allá del mundo y de su forma lógica, de lo que puedo decir y de lo que puedo mostrar al decirlo. Me coloco en un lugar completamente “trascendente”, del que no puedo decir ni una palabra.
Hay, ciertamente, lo inexpresable, lo que se muestra a si mismo; esto es lo místico.Lo místico es todo lo que trata del valor de la realidad: le ética (qué es bueno y malo), la religión (qué es sagrado), la estética (qué es bello)…
No es lo místico como sea el mundo, sino que sea el mundo.Pues bien, ningún hecho tiene valor en sí mismo. El valor es algo “externo” o trascendente a los hechos. Por eso:
Creo que la mejor forma de describirla [la experiencia ética] es decir que cuando la tengo me asombro ante la existencia del mundo. Me siento entonces inclinado a usar frases tales como «Qué extraordinario que las cosas existan» o «Qué extraordinario que el mundo exista». Mencionaré a continuación otra experiencia que conozco y que a alguno de ustedes le resultará familiar: se trata de lo que podríamos llamar la vivencia de sentirse absolutamente seguro. Me refiero a aquel estado anímico en el que nos sentimos inclinados a decir: «Estoy seguro, pase lo que pase, nada puede dañarme».
Nosotros sentimos que incluso si todas las posibles cuestiones científicas pudieran responderse, el problema de nuestra vida no habría sido más penetrado. Desde luego que no queda ya ninguna pregunta, y precisamente ésta es la respuesta.
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Es verdad que continuamente hablamos de bueno y malo: esto es una buena silla… Pero esas frases tienen sentido porque en ellas ‘bueno’ tiene un valor relativo, no absoluto:
Supongamos que yo supiera jugar al tenis y uno de ustedes, al verme, dijera: «Juega usted bastante mal», y yo contestara: «Lo sé, estoy jugando mal, pero no quiero hacerlo mejor», todo lo que podría decir mi interlocutor sería: «Ah, entonces, de acuerdo». Pero supongamos que yo le contara a uno de ustedes una mentira escandalosa y él viniera y me dijera: «Se está usted comportando como un animal», y yo contestara: «Sé que mi conducta es mala, pero no quiero comportarme mejor», ¿podría decir: «Ah, entonces, de acuerdo»? Ciertamente no; afirmaría: «Bien, usted debería desear comportarse mejor». Aquí tienen un juicio de valor absoluto, mientras que el primer caso era un juicio relativo. En esencia, la diferencia parece obviamente ésta: cada juicio de valor relativo es un mero enunciado de hechos y, por tanto, puede expresarse de tal forma que pierda toda apariencia de juicio de valor.
Pero ¿qué podemos decir de algo que tuviese un valor absoluto? Nada de nada:
Permítanme explicarlo: supongan que uno de ustedes fuera una persona omnisciente y, por consiguiente, conociera los movimientos de todos los cuerpos animados o inanimados del mundo y conociera también los estados mentales de todos los seres que han vivido. Supongan además que este hombre escribiera su saber en un gran libro; tal libro contendría la descripción total del mundo. Lo que quiero decir es que este libro no incluiría nada que pudiéramos llamar juicio ético ni nada que pudiera implicar lógicamente tal juicio.La ética es “sobrenatural” y, por eso, innombrable:
Si un hombre pudiera escribir un libro de ética que realmente fuera un libro de ética, este libro destruiría, como una explosión, todos los demás libros del mundo. Nuestras palabras, usadas tal como lo hacemos en la ciencia, son recipientes capaces solamente de contener y transmitir significado y sentido, significado y sentido naturales. La ética, de ser algo, es sobrenatural y nuestras palabras sólo expresan hechos, del mismo modo que una taza de té sólo podrá contener el volumen de agua propio de una taza de té por más que se vierta un litro en ella.
Pero, que la ciencia no pueda decir nada de eso, no le quita ningún valor. Al contrario.Igual que, según Kant, aunque la Metafísica no puede ser ciencia, es un empeño humano inevitable y que procede de su grandeza, Wittgenstein escribe:
Mi único propósito -y creo que el de todos aquellos que han tratado alguna vez de escribir o hablar de ética o religión- es arremeter contra los límites del lenguaje. Este arremeter contra las paredes de nuestra jaula es perfecta y absolutamente desesperanzado. La ética, en la medida en que surge del deseo de decir algo sobre el sentido último de la vida, sobre lo absolutamente bueno, lo absolutamente valioso, no puede ser una ciencia.
Lo que dice la ética no añade nada, en ningún sentido, a nuestro conocimiento. Pero es un testimonio de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo sino respetar profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría.
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Un positivista es un filósofo que cree que sólo lo que es científico tiene sentido, y de lo demás no debe hablarse, porque no puede decirse una palabra sensata. ¿Era Wittgenstein un positivista?
Los positivistas de esos años (la “escuela de Viena”) consideraron a Wittgenstein una especie de maestro, porque afirmaba rotundamente que sólo se puede hablar de lo científico. Ni de la religión, ni de la ética, ni de la estética, se podía decir una palabra verdadera o falsa.
Pero Wittgenstein era algo totalmente diferente. Los positivistas pensaban que podemos y debemos vivir sin acordarnos para nada de todo aquello que vaya más allá de la ciencia. Wittgenstein, al contrario, pensaba que sólo importa aquello que va más allá de la ciencia: sólo importa lo que no puede decirse. El espíritu positivista le parecía despreciable, insensible para todo lo que tiene misterio y valor.
Wittgenstein era un místico. Su teoría nos recuerda, por ejemplo, lo que dicen algunas religiones, como la judía (él era judío, aunque no “practicante” de los ritos), de que no se puede nombrar lo divino. Los judíos no pueden nombrar a Yahvé.
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Pero, si sólo se puede hablar de hechos, y no se puede hablar ni de la forma del mundo ni de lo que está más allá de todos los hechos, o sea, del valor de las cosas, ¿cómo es que Wittgenstein habla de todo eso? ¿Por qué no se limita a hablar de lo que tiene sentido, o sea, a la Ciencia? ¿Por qué se dedica a la Filosofía y a la ética?
Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe., pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido.)Un filósofo le objetó a Wittgenstein que, si se dice que algo no tiene sentido, no se dice después que es “un sinsentido interesante”. De lo que no se puede hablar, hay que callar. Lo que no se puede decir, tampoco se puede silbar.
¿Qué crees? ¿No puede decirse nada de lo que tiene Valor Absoluto?
¿Crees que un positivista es una persona que no tiene nada dentro de la cabeza, o un místico es alguien que tiene la cabeza llena de pájaros y fantasmas? ¿Se puede y se debe vivir sin lo Místico? ¿Crees que nuestra época es positivista, o deja lugar a lo místico? ¿Cómo es una sociedad donde no hay sitio para lo místico y lo valioso?
(las citas de Wittgenstein proceden del Tractatus y de la Conferencia de ética)
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martes, 15 de junio de 2010
Mis PIES (principios e ideas en educación)
Las ideas a las que me gustaría atenerme como profesor, aunque casi nunca lo logre, son estas:
Entiendo la educación, en sentido general, como la actividad mediante la cual un ser se hace mejor.
Uno puede, hasta cierto punto, hacerse mejor en ciertos aspectos y no en otros, pero la verdadera educación debe hacernos mejores en todos los aspectos armoniosamente, o, lo que es lo mismo, en el aspecto más esencial.
En la educación, el centro es el ser que se está educando. Los educadores son ayudantes en su aprendizaje y desarrollo.
El ser que se está educando es el elemento más activo de los que participan en la educación. Si no es así, no hay educación. Como mucho, habrá adiestramiento. La forma principal del verbo no es ‘educar’ ni ‘ser educado’, sino ‘educarse’. Es un verbo reflejo, la acción es de uno mismo y sobre uno mismo.
Claro que también es verdad que “enseñando aprendo”. Quien no crea que aprende de todo lo que hace, que en todo lo que hace tiene que estar en actitud abierta, reflexiva, y dispuesto a deshacerse de errores, no puede ayudar a otro a que aprenda.
Educación es todo, en todo momento y lugar se aprende y se crece, pero hay lugares y momentos en que nos concentramos más en cuidar el crecimiento de un ser, sobre todo de sus aspectos más esenciales. Uno de esos lugares debería ser la escuela.
Para todo ser hay ciertas cosas que le son naturalmente buenas y otras que le son malas. Son buenas aquellas que le hacen más ser, más real, o sea, más consciente, más libre y más feliz: más perfecto, en una palabra.
Un ser se hace mejor cuando crece su unidad y su armonía, y, por eso mismo, cuando es más activo y autónomo, en lugar de pasivo y determinado por elementos extraños, y, también por eso mismo, cuando es más capaz de amar y de amarse.
Todo ser nace con unas capacidades que desarrollar para hacerse mejor.
En principio, esas capacidades pueden ser infinitas, pero cada ser, por sus circunstancias, tiene que desarrollar las capacidades más inmediatas o básicas, antes de desarrollar otras más elevadas. Un ser que desarrolla sus capacidades, que se hace más libre o “dueño de sí mismo”, más consciente, más uno, es, por eso mismo, un ser más justo y más feliz.
Si queremos “educar” a una planta o un animal, tenemos que conocer, primero, su naturaleza de planta o de animal, o sea, cómo es y qué capacidades puede y debe desarrollar, y en qué orden.
Para educar personas necesitamos saber qué es una persona, y para educar a esta persona en concreto, necesitamos conocer, cuanto se pueda, cómo es y en qué circunstancias está esta persona: sus características “naturales”, su entorno, su estado actual de crecimiento.
Aunque todas las personas son diferentes, en cuanto personas todas son seres con un alto grado de racionalidad, con una voluntad libre y con una afectividad profunda y compleja.
Un ser racional como lo es una persona humana, es un ser capaz de pensar y conocer, capaz de preguntarse por la esencia de las cosas, y de sí mismo, y capaz de preguntarse por el sentido último de su existencia y de la existencia de las cosas en general.
Es, además y por ello, capaz de elegir libremente sus actos, y tener sentimientos adecuados hacia los demás seres.
Una persona es, ante todo, un ser único, individual e indivisible. Pero esa identidad se realiza mediante diferentes aspectos o facultades.
Las principales funciones de una persona son el Conocimiento, la Decisión, la Afectividad y la Sensación. A estas funciones se le atribuyen las facultades psíquicas de la Inteligencia, la Voluntad, la Emotividad (o Sentimientos) y Sensibilidad (o Sentidos).
La inteligencia es la capacidad de comprender la realidad mediante ideas (conceptos, leyes, principios), de “ver” la “esencia” de las cosas o hechos, lo que las cosas son realmente, no lo que parecen.
La voluntad es la capacidad de querer o desear lo que se cree bueno, o lo mejor.
Un ser libre es aquel que actúa de acuerdo con su razón, que le dice qué es mejor y qué es peor y cómo actuar para conseguirlo.
No hay libertad sin conocimiento. Un ser que no conoce la naturaleza de las cosas con las que trata, empezando por él mismo, no es libre. En la medida en que un ser tiene una visión más profunda de la realidad, reconoce lo que es bueno y malo, y lo desea o rechaza.
No hay libertad si hay coacción. Un ser que elige sus actos guiado por esperanzas y miedos de recompensas y castigos, es un ser heterónomo, esclavo.
Los sentimientos son la capacidad de sentir afecto por las cosas o los hechos.
Un ser afectivamente equilibrado es aquel en que sus sentimientos (gusto, amor) se corresponden con la naturaleza real de las cosas. Simpatiza con las buenas y siente rechazo por las malas. Ama lo naturalmente bello y siente dolor por lo feo.
No hay amor ni gusto sin inteligencia. Un ser que no conoce la naturaleza de las cosas, empezando por él mismo, no ama de verdad.
En la medida en que un ser tiene una visión más profunda de la realidad y del valor de las cosas, tiene sentimientos también más profundos y elevados, como los sentimientos estéticos, morales, intelectuales, etc. Un ser inteligente es capaz de sentimientos como la Angustia, la Esperanza, lo Sublime.
La sensibilidad es la receptividad de un ser. Es la capacidad menos activa, pero no es completamente pasiva. No hay sensación sin inteligencia, voluntad y sentimientos.
En el caso ideal, hay una armonía entre todas las facultades de una persona: comprende, quiere y ama o gusta de lo racional, bueno y bello.
De todas las facultades, la principal es la inteligencia. Sin desarrollar la inteligencia, en el sentido amplio (no meramente técnico) no puede desarrollarse lo demás, más que de una forma imitativa y pasiva. Si se desarrolla la inteligencia en todos los ámbitos, sobre todo en el sentido más pleno (el de la comprensión de los principios y fines de todo) es mucho más fácil que se desarrollen una voluntad y una afectividad buenas.
La inteligencia es una capacidad activa, no pasiva: aunque una persona, como ser finito que es, es afectada por el mundo, por lo “externo” a ella, la inteligencia trata activamente los datos, desde lo más básico. No hay ningún conocimiento simplemente pasivo, incluso los datos “están cargados de teoría”.
En la inteligencia participan subfacultades como la imaginación, la memoria y la sensibilidad.
La imaginación es la capacidad de relacionar los datos de manera no pasiva, lo que permite descubrir las propiedades esenciales de las cosas, mediante situaciones irreales pero posibles, “contrafácticas”.
La memoria es la capacidad de “almacenar” información, es decir, de tener conocimientos potencialmente actuales, que alguna vez fueron actuales. La memoria guarda lo aprendido, pero puede guardar comprensiones de diferentes niveles: puede guardar “simples datos”, es decir, conocimientos muy poco tratados, o puede guardar teorías, es decir, estructuración funcional y dinámica de los datos. Puede guardar simples imágenes sin apenas interpretación (incluidos los símbolos lingüísticos, de todo tipo) o puede guardar conceptos y teoremas estructurados. Si guarda meros datos y símbolos, no sabe nada, ni siquiera potencialmente. Sólo si guarda teorías, conocimientos estructurados, se puede decir que el sujeto sabe potencialmente lo que recuerda.
La inteligencia opera buscando una síntesis entre los principios racionales más universales y los hechos. La inteligencia plantea principios, que se enfrentan a lo dado. La conexión entre ambos lugares, entre principios racionales y hechos, se hace mediante un proceso de ida y vuelta, epagógico-deductivo, en que juega un gran papel la imaginación activa.
Sin recurrencia a los datos, los principios permanecen abstractos; sin recurrencia a los principios, no hay inteligibilidad. No bastan ni simples teorías ni simples datos (historia sin interpretar). Pero es más vital desarrollar la capacidad de los principios que la de la recogida de datos. Un ser que ejercite su racionalidad sólo tendrá que ponerla luego en ejercicio sobre los datos. Un ser que sólo tenga datos y hábito de tratar con datos, tendrá mucho más difícil pensar sobre ellos. Será más pasivo, mecánico, no libre.
La educación, que debe producir el cambio desde una situación espiritual más irracional y pobre a una más rica o racional, tiene que partir del estado en que se encuentra quien se está educando, para ascender desde ahí a una posición más elevada. Y el cambio debe hacerse de la manera más continua posible.
La educación debe ser un diálogo en que, con la colaboración o co-participación del educador, la inteligencia de quien se está educando ve las insuficiencias de su estado actual, pone en juego su imaginación e inteligencia para descubrir una solución mejor, y es capaz de someterla a prueba y a discusión.
La relación moral fundamental entre educador y educando es la del Respeto. El respeto es el sentimiento que nos suscita lo que es razonable, bueno y bello.
El respeto del educando por el educador consiste en la admiración (no sumisión) por los conocimientos y recursos que éste tiene. Es una obligación moral y un placer aprender de quien sabe.
El respeto del educador por el alumno consiste en el reconocimiento en éste de una persona con capacidades que hay que desarrollar. Es una obligación moral y un placer colaborar en que todo ser desarrolle sus capacidades.
No hay verdadero diálogo sin respeto y amor.
La disciplina verdadera consiste en el dominio que una persona se impone libremente en aquello que quiere racionalmente hacer. Es imposible que alguien se discipline en una actividad si no tiene motivación intelectual, moral y afectiva por esa actividad, no digamos si las considera feas, malas o incluso equivocadas.
Educar en la falsa disciplina, en la obediencia mediante la coerción, es educar esclavos; es amaestrar, no educar.
Sólo se aprende lo que tiene sentido para nuestro desarrollo. Todo lo que se aprenda (y enseñe) debe estar claramente justificado de acuerdo con el fin último de la educación, que es conseguir que la persona se desarrolle como tal, es decir, como ser racional, libre, y con una afectividad elevada.
Sólo se aprende lo que se entiende. Todo lo que se aprenda (y enseñe) debe ser claramente comprendido de acuerdo con los principios racionales y con los hechos, y debe ser encontrado y construido por el propio sujeto que aprende, no meramente memorizado: esto último es no sólo inútil sino contraproducente, porque anula o inhibe la facultad intelectual. Quien encuentre que, en determinado ámbito social (la escuela, por ejemplo) habitualmente se recurre al “aprendizaje” mecánico-memorístico, perderá toda la motivación intelectual para participar en ese ámbito.
Sólo se aprende lo que se quiere, aprueba o valora como bueno. Todo lo que se aprenda (y enseñe) debe estar completamente justificado de acuerdo con los principios morales y con los hechos, y debe ser deseado y aprobado por el sujeto que aprende, no aceptado coercitivamente. Esto último no sólo es inútil sino contraproducente, pues anula o inhibe la facultad volitiva. Quien encuentre que en determinado ámbito social (la escuela, por ejemplo) se recurre habitualmente a la coerción, al recurso de recompensa-castigo, perderá toda motivación volitiva para participar activamente en ese ámbito.
Sólo se aprende lo que se disfruta. Todo lo que se aprenda (enseñe) debe estar de acuerdo y en armonía con los gustos y la aptitud afectiva, y con los hechos, y debe ser disfrutado por el sujeto que aprende, no aceptado a disgusto o de un modo afectivo neutral. Esto último no sólo es inútil sino contraproducente, pues anula o inhibe la capacidad afectiva. Quien encuentre que en determinado ámbito social (la escuela, por ejemplo) es habitual el disgusto o el aburrimiento, perderá toda motivación afectiva para participar activamente en ese ámbito.
Educarse es lo más esencial que hace todo ser: educarse es hacerse mejor: más consciente, más libre y más feliz; más capaz de comprender, de querer y de amar.
No se puede educar para la razón, la libertad y el amor mediante la irracionalidad, la violencia y el dolor.
Sólo se puede educar a ser racional mediante la razón, a ser libre mediante la libertad, y a amar mediante el amor.
Entiendo la educación, en sentido general, como la actividad mediante la cual un ser se hace mejor.
Uno puede, hasta cierto punto, hacerse mejor en ciertos aspectos y no en otros, pero la verdadera educación debe hacernos mejores en todos los aspectos armoniosamente, o, lo que es lo mismo, en el aspecto más esencial.
En la educación, el centro es el ser que se está educando. Los educadores son ayudantes en su aprendizaje y desarrollo.
El ser que se está educando es el elemento más activo de los que participan en la educación. Si no es así, no hay educación. Como mucho, habrá adiestramiento. La forma principal del verbo no es ‘educar’ ni ‘ser educado’, sino ‘educarse’. Es un verbo reflejo, la acción es de uno mismo y sobre uno mismo.
Claro que también es verdad que “enseñando aprendo”. Quien no crea que aprende de todo lo que hace, que en todo lo que hace tiene que estar en actitud abierta, reflexiva, y dispuesto a deshacerse de errores, no puede ayudar a otro a que aprenda.
Educación es todo, en todo momento y lugar se aprende y se crece, pero hay lugares y momentos en que nos concentramos más en cuidar el crecimiento de un ser, sobre todo de sus aspectos más esenciales. Uno de esos lugares debería ser la escuela.
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Para todo ser hay ciertas cosas que le son naturalmente buenas y otras que le son malas. Son buenas aquellas que le hacen más ser, más real, o sea, más consciente, más libre y más feliz: más perfecto, en una palabra.
Un ser se hace mejor cuando crece su unidad y su armonía, y, por eso mismo, cuando es más activo y autónomo, en lugar de pasivo y determinado por elementos extraños, y, también por eso mismo, cuando es más capaz de amar y de amarse.
Todo ser nace con unas capacidades que desarrollar para hacerse mejor.
En principio, esas capacidades pueden ser infinitas, pero cada ser, por sus circunstancias, tiene que desarrollar las capacidades más inmediatas o básicas, antes de desarrollar otras más elevadas. Un ser que desarrolla sus capacidades, que se hace más libre o “dueño de sí mismo”, más consciente, más uno, es, por eso mismo, un ser más justo y más feliz.
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Si queremos “educar” a una planta o un animal, tenemos que conocer, primero, su naturaleza de planta o de animal, o sea, cómo es y qué capacidades puede y debe desarrollar, y en qué orden.
Para educar personas necesitamos saber qué es una persona, y para educar a esta persona en concreto, necesitamos conocer, cuanto se pueda, cómo es y en qué circunstancias está esta persona: sus características “naturales”, su entorno, su estado actual de crecimiento.
Aunque todas las personas son diferentes, en cuanto personas todas son seres con un alto grado de racionalidad, con una voluntad libre y con una afectividad profunda y compleja.
Un ser racional como lo es una persona humana, es un ser capaz de pensar y conocer, capaz de preguntarse por la esencia de las cosas, y de sí mismo, y capaz de preguntarse por el sentido último de su existencia y de la existencia de las cosas en general.
Es, además y por ello, capaz de elegir libremente sus actos, y tener sentimientos adecuados hacia los demás seres.
Una persona es, ante todo, un ser único, individual e indivisible. Pero esa identidad se realiza mediante diferentes aspectos o facultades.
Las principales funciones de una persona son el Conocimiento, la Decisión, la Afectividad y la Sensación. A estas funciones se le atribuyen las facultades psíquicas de la Inteligencia, la Voluntad, la Emotividad (o Sentimientos) y Sensibilidad (o Sentidos).
La inteligencia es la capacidad de comprender la realidad mediante ideas (conceptos, leyes, principios), de “ver” la “esencia” de las cosas o hechos, lo que las cosas son realmente, no lo que parecen.
La voluntad es la capacidad de querer o desear lo que se cree bueno, o lo mejor.
Un ser libre es aquel que actúa de acuerdo con su razón, que le dice qué es mejor y qué es peor y cómo actuar para conseguirlo.
No hay libertad sin conocimiento. Un ser que no conoce la naturaleza de las cosas con las que trata, empezando por él mismo, no es libre. En la medida en que un ser tiene una visión más profunda de la realidad, reconoce lo que es bueno y malo, y lo desea o rechaza.
No hay libertad si hay coacción. Un ser que elige sus actos guiado por esperanzas y miedos de recompensas y castigos, es un ser heterónomo, esclavo.
Los sentimientos son la capacidad de sentir afecto por las cosas o los hechos.
Un ser afectivamente equilibrado es aquel en que sus sentimientos (gusto, amor) se corresponden con la naturaleza real de las cosas. Simpatiza con las buenas y siente rechazo por las malas. Ama lo naturalmente bello y siente dolor por lo feo.
No hay amor ni gusto sin inteligencia. Un ser que no conoce la naturaleza de las cosas, empezando por él mismo, no ama de verdad.
En la medida en que un ser tiene una visión más profunda de la realidad y del valor de las cosas, tiene sentimientos también más profundos y elevados, como los sentimientos estéticos, morales, intelectuales, etc. Un ser inteligente es capaz de sentimientos como la Angustia, la Esperanza, lo Sublime.
La sensibilidad es la receptividad de un ser. Es la capacidad menos activa, pero no es completamente pasiva. No hay sensación sin inteligencia, voluntad y sentimientos.
En el caso ideal, hay una armonía entre todas las facultades de una persona: comprende, quiere y ama o gusta de lo racional, bueno y bello.
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De todas las facultades, la principal es la inteligencia. Sin desarrollar la inteligencia, en el sentido amplio (no meramente técnico) no puede desarrollarse lo demás, más que de una forma imitativa y pasiva. Si se desarrolla la inteligencia en todos los ámbitos, sobre todo en el sentido más pleno (el de la comprensión de los principios y fines de todo) es mucho más fácil que se desarrollen una voluntad y una afectividad buenas.
La inteligencia es una capacidad activa, no pasiva: aunque una persona, como ser finito que es, es afectada por el mundo, por lo “externo” a ella, la inteligencia trata activamente los datos, desde lo más básico. No hay ningún conocimiento simplemente pasivo, incluso los datos “están cargados de teoría”.
En la inteligencia participan subfacultades como la imaginación, la memoria y la sensibilidad.
La imaginación es la capacidad de relacionar los datos de manera no pasiva, lo que permite descubrir las propiedades esenciales de las cosas, mediante situaciones irreales pero posibles, “contrafácticas”.
La memoria es la capacidad de “almacenar” información, es decir, de tener conocimientos potencialmente actuales, que alguna vez fueron actuales. La memoria guarda lo aprendido, pero puede guardar comprensiones de diferentes niveles: puede guardar “simples datos”, es decir, conocimientos muy poco tratados, o puede guardar teorías, es decir, estructuración funcional y dinámica de los datos. Puede guardar simples imágenes sin apenas interpretación (incluidos los símbolos lingüísticos, de todo tipo) o puede guardar conceptos y teoremas estructurados. Si guarda meros datos y símbolos, no sabe nada, ni siquiera potencialmente. Sólo si guarda teorías, conocimientos estructurados, se puede decir que el sujeto sabe potencialmente lo que recuerda.
La inteligencia opera buscando una síntesis entre los principios racionales más universales y los hechos. La inteligencia plantea principios, que se enfrentan a lo dado. La conexión entre ambos lugares, entre principios racionales y hechos, se hace mediante un proceso de ida y vuelta, epagógico-deductivo, en que juega un gran papel la imaginación activa.
Sin recurrencia a los datos, los principios permanecen abstractos; sin recurrencia a los principios, no hay inteligibilidad. No bastan ni simples teorías ni simples datos (historia sin interpretar). Pero es más vital desarrollar la capacidad de los principios que la de la recogida de datos. Un ser que ejercite su racionalidad sólo tendrá que ponerla luego en ejercicio sobre los datos. Un ser que sólo tenga datos y hábito de tratar con datos, tendrá mucho más difícil pensar sobre ellos. Será más pasivo, mecánico, no libre.
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La educación, que debe producir el cambio desde una situación espiritual más irracional y pobre a una más rica o racional, tiene que partir del estado en que se encuentra quien se está educando, para ascender desde ahí a una posición más elevada. Y el cambio debe hacerse de la manera más continua posible.
La educación debe ser un diálogo en que, con la colaboración o co-participación del educador, la inteligencia de quien se está educando ve las insuficiencias de su estado actual, pone en juego su imaginación e inteligencia para descubrir una solución mejor, y es capaz de someterla a prueba y a discusión.
La relación moral fundamental entre educador y educando es la del Respeto. El respeto es el sentimiento que nos suscita lo que es razonable, bueno y bello.
El respeto del educando por el educador consiste en la admiración (no sumisión) por los conocimientos y recursos que éste tiene. Es una obligación moral y un placer aprender de quien sabe.
El respeto del educador por el alumno consiste en el reconocimiento en éste de una persona con capacidades que hay que desarrollar. Es una obligación moral y un placer colaborar en que todo ser desarrolle sus capacidades.
No hay verdadero diálogo sin respeto y amor.
La disciplina verdadera consiste en el dominio que una persona se impone libremente en aquello que quiere racionalmente hacer. Es imposible que alguien se discipline en una actividad si no tiene motivación intelectual, moral y afectiva por esa actividad, no digamos si las considera feas, malas o incluso equivocadas.
Educar en la falsa disciplina, en la obediencia mediante la coerción, es educar esclavos; es amaestrar, no educar.
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Sólo se aprende lo que tiene sentido para nuestro desarrollo. Todo lo que se aprenda (y enseñe) debe estar claramente justificado de acuerdo con el fin último de la educación, que es conseguir que la persona se desarrolle como tal, es decir, como ser racional, libre, y con una afectividad elevada.
Sólo se aprende lo que se entiende. Todo lo que se aprenda (y enseñe) debe ser claramente comprendido de acuerdo con los principios racionales y con los hechos, y debe ser encontrado y construido por el propio sujeto que aprende, no meramente memorizado: esto último es no sólo inútil sino contraproducente, porque anula o inhibe la facultad intelectual. Quien encuentre que, en determinado ámbito social (la escuela, por ejemplo) habitualmente se recurre al “aprendizaje” mecánico-memorístico, perderá toda la motivación intelectual para participar en ese ámbito.
Sólo se aprende lo que se quiere, aprueba o valora como bueno. Todo lo que se aprenda (y enseñe) debe estar completamente justificado de acuerdo con los principios morales y con los hechos, y debe ser deseado y aprobado por el sujeto que aprende, no aceptado coercitivamente. Esto último no sólo es inútil sino contraproducente, pues anula o inhibe la facultad volitiva. Quien encuentre que en determinado ámbito social (la escuela, por ejemplo) se recurre habitualmente a la coerción, al recurso de recompensa-castigo, perderá toda motivación volitiva para participar activamente en ese ámbito.
Sólo se aprende lo que se disfruta. Todo lo que se aprenda (enseñe) debe estar de acuerdo y en armonía con los gustos y la aptitud afectiva, y con los hechos, y debe ser disfrutado por el sujeto que aprende, no aceptado a disgusto o de un modo afectivo neutral. Esto último no sólo es inútil sino contraproducente, pues anula o inhibe la capacidad afectiva. Quien encuentre que en determinado ámbito social (la escuela, por ejemplo) es habitual el disgusto o el aburrimiento, perderá toda motivación afectiva para participar activamente en ese ámbito.
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Educarse es lo más esencial que hace todo ser: educarse es hacerse mejor: más consciente, más libre y más feliz; más capaz de comprender, de querer y de amar.
No se puede educar para la razón, la libertad y el amor mediante la irracionalidad, la violencia y el dolor.
Sólo se puede educar a ser racional mediante la razón, a ser libre mediante la libertad, y a amar mediante el amor.
martes, 1 de junio de 2010
Los filósofos y tú
¿Qué te ha dado cada filósofo? ¿Qué has cogido o robado de cada uno?
Hemos conocido a muchos personajes cuya vida se realizó pensando. Cada uno de ellos tenía algo muy importante y verdadero que decirnos;
Parménides, que la realidad es una, más allá de la diversidad que se nos aparece en la experiencia;
Heráclito, que los contrarios son lo mismo, y todo es una Razón única, que está también en nosotros, en cada uno de nosotros, aunque la mayoría vivamos como si tuviesemos cada uno nuestro propio mundo;
Protágoras, que cada uno es la medida del mundo, la perspectiva de cada uno es el mundo para él,
Sócrates, la búsqueda en uno mismo de una vida digna, siendo conscientes de nuestra infinita ignorancia sobre qué es lo que vale la pena,
Platón, que tras las apariencias de las cosas se esconde la esencia de las cosas mismas, y nosotros podemos salir de nuestra cueva de sombras e ignorancia mediante ese “rayo divino” que tenemos, la razón;
Aristóteles, que la naturaleza es vida y tendencia hacia lo mejor, y lo mejor es el orden y la inteligencia;
Los estoicos, que es de sabios atenerse a la naturaleza y no querer que el mundo esté a nuestro servicio;
Epicuro y su jardín, que nuestra vida será feliz si desterramos los miedos y las supersticiones;
Tomás de Aquino, que nuestra razón es un “don divino” que nos permite conocer el orden universal;
Guillermo de Occam, que la perfección moral está en la pobreza, tanto en nuestra conducta como en nuestras teorías;
Descartes, que tenemos en nosotros mismos el criterio de la certeza absoluta;
Hume, que tenemos en nosotros mismos suficientes razones para ser humildes y no creer que lo sabemos y podemos conocer todo;
Kant, que somos seres racionales, es decir, Personas, y eso nos permite conocer el mundo, porque nosotros mismos le damos las leyes, pero sobre todo, nos da una dignidad moral infinita, que somos fines, y no medios;
Nietzsche, que la vida es bella, si lo quieres así, si no la miras con resentimiento y odio;
.........
Algunos de vosotros, en clase o por los pasillos o en la calle, me habéis dicho que este o aquel filósofo os ha “llegado”, os ha tocado…
¿En qué medida, por pequeña que sea, te ha cambiado tu manera de ver las cosas cada uno de ellos? ¿Qué has aprendido de los filósofos? ¿Tienes alguno preferido?
Hemos conocido a muchos personajes cuya vida se realizó pensando. Cada uno de ellos tenía algo muy importante y verdadero que decirnos;
Parménides, que la realidad es una, más allá de la diversidad que se nos aparece en la experiencia;
Heráclito, que los contrarios son lo mismo, y todo es una Razón única, que está también en nosotros, en cada uno de nosotros, aunque la mayoría vivamos como si tuviesemos cada uno nuestro propio mundo;
Protágoras, que cada uno es la medida del mundo, la perspectiva de cada uno es el mundo para él,
Sócrates, la búsqueda en uno mismo de una vida digna, siendo conscientes de nuestra infinita ignorancia sobre qué es lo que vale la pena,
Platón, que tras las apariencias de las cosas se esconde la esencia de las cosas mismas, y nosotros podemos salir de nuestra cueva de sombras e ignorancia mediante ese “rayo divino” que tenemos, la razón;
Aristóteles, que la naturaleza es vida y tendencia hacia lo mejor, y lo mejor es el orden y la inteligencia;
Los estoicos, que es de sabios atenerse a la naturaleza y no querer que el mundo esté a nuestro servicio;
Epicuro y su jardín, que nuestra vida será feliz si desterramos los miedos y las supersticiones;
Tomás de Aquino, que nuestra razón es un “don divino” que nos permite conocer el orden universal;
Guillermo de Occam, que la perfección moral está en la pobreza, tanto en nuestra conducta como en nuestras teorías;
Descartes, que tenemos en nosotros mismos el criterio de la certeza absoluta;
Hume, que tenemos en nosotros mismos suficientes razones para ser humildes y no creer que lo sabemos y podemos conocer todo;
Kant, que somos seres racionales, es decir, Personas, y eso nos permite conocer el mundo, porque nosotros mismos le damos las leyes, pero sobre todo, nos da una dignidad moral infinita, que somos fines, y no medios;
Nietzsche, que la vida es bella, si lo quieres así, si no la miras con resentimiento y odio;
.........
Algunos de vosotros, en clase o por los pasillos o en la calle, me habéis dicho que este o aquel filósofo os ha “llegado”, os ha tocado…
¿En qué medida, por pequeña que sea, te ha cambiado tu manera de ver las cosas cada uno de ellos? ¿Qué has aprendido de los filósofos? ¿Tienes alguno preferido?
domingo, 16 de mayo de 2010
Diálogo entre Nietzsche y Platón, al atardecer
Una tarde que andaba solo por el monte vi y oí dialogar a dos imágenes, que me parecieron las de Platón y Nietzsche. Se pararon cerca de mí, sin notar mi presencia, y miraron hacia la ciudad, al pie de la montaña, donde las gentes comerciaban, y reían y lloraban.Nietzsche.- Míralos. Con sus afanes de siempre. Viven como amodorrados.
Platón.- Desde luego.
N.- ¡Pocos tienen la triste necesidad que tú y yo, la de pensar!
P.- ¿Necesidad, dices? ¿No será Libertad?
N.- Más valdría vivir, y no pensar.
P.- Y ¿qué es vivir sino pensar? ¡Nada!
N.- Y todo.
P.- ¿Les envidias?
N.- No, ellos ni piensan ni viven. Tú, aunque no existes, por lo menos piensas, y yo… Tú y yo somos un principio y un final. A mí me hubiera gustado ser ya otro principio, el de sólo vivir, pero he tenido la misión de ser sólo su anuncio…
P.- ¿De verdad crees eso? Siempre que te he oído decir algo así, pensaba que lo decías para consumo del vulgo.
N.- Quizás sea así. Si te digo la verdad, nunca he distinguido bien qué digo con convicción y qué digo en broma.
P.- Mejor así. Quien no vive en la ironía, vive… o malvive en la ignorancia. Pero, contéstame, ¿quién crees que viene después de quién, tú de mí o yo de ti?
N.- ¿¡lo preguntas en serio!? Sabes que lo que tú hiciste, eso que llaman Metafísica, ya no puede volver. Yo sólo he puesto el punto final que estaba pidiendo a gritos.
P.- ¡A veces me sorprende tu ingenuidad! Creo que eres esclavo del mismo error que has combatido a veces, o sea, la creencia en una historia que va hacia algún lado, en un futuro… dentro de un tiempo lineal… ¿No dices tú que todo se repite?
N.- ¿Me vas a decir que tú crees en el círculo, en el eterno retorno?
P.- No, eso es cosa de dioses.., si te refieres al eterno presente mismo; o de piedras, si te refieres al eterno otro… A los que, como tú o yo, estamos a medio camino entre los dioses y las piedras, entre lo mismo y lo Otro, nos cuadra mejor una espiral. Todo se repite, pero no exactamente igual. Tú y yo somos puntos del mismo ciclo, pero los más alejados, y por eso los más cercanos, si trazas un corte en la espiral. ¿Sabes que en mi época hubo alguien muy parecido a ti?
N.- ¿A quién te refieres?
P.- A Calicles. Muchas de las cosas que dices las repetía él: que si el valor de las cosas lo decide la voluntad del más fuerte, que si la filosofía es cosa de enfermos, que momifica cuanto toca… ¡Sí! Amaba la vida…
N.- ¿Y crees que tú le refutaste?
P.- No, yo no, lo hizo Sócrates antes que yo.
N.- ¡Sócrates! ¿Fue un santo, o un santurrón, un héroe o un cobarde?
P.- Sócrates fue el hombre más exigente, y el más valiente. Tú y yo no le llegamos a las rodillas. ¿No decías que hay que vivir? Compara tu vida o la mía con la suya: tú y yo somos sólo pensadores: él era un vividor.
N.- También fue quien más se engañó a sí mismo.
P.- ¿Crees que inventó lo que quería creer?
N.- Eso es: era su forma de hacerse más fuerte que Calicles, por ejemplo. Pero para eso tenía que envenenar la vida.
P.- Esa objeción ya la contestó el propio Sócrates: si el fuerte se deja dominar, eso es lo que le corresponde. ¿No dices tú eso del pueblo, de la masa obrera?
N.- Pero es muy triste que los que son simple rebaño se hayan hecho con el poder.
P.- Amigo, eres una de las mentes más sensibles a la tragedia humana, al dolor, a la angustia, no me cabe duda… No hay más que oírte hablar. Y, ¿no es ese el problema para los filósofos?
N.- Sí. Lo que nos diferencia es las respuestas que damos.
P.- Muy bien. Sócrates se dio perfecta cuenta de que la dignidad y exigencia que hay en nosotros es incompatible con la muerte. Sólo quien se menosprecia puede creerse mortal. Si el hombre es esto que vemos, que se puede destruir tan fácilmente, no tiene ningún valor. Pero cada uno sabe que él tiene un valor infinito.
N.- Eso lo cree la rana de sí misma.
P.- Y con razón. Tú, en cambio, te dices a ti mismo y nos dices que la dignidad y la valentía consisten en reconocer y querer que todo pasa, que nada es. Sólo en esa aceptación de lo totalmente cambiante estaría la libertad. Pero no sé si así te liberas hasta de ti mismo y te quedas en pura nada.
N.- ¿Y qué? Mejor ser nada que creer ser algo.
P.- ¿Has leído mi Parménides?
N.- De joven. Te confieso que toda mi vida lo he evitado, diciéndome a mí mismo que sólo era un galimatías de una cabeza griega tan grande como la tuya.
P.- Tú has dicho a veces que tu filosofía es la contraria a la del viejo Parménides. Él dijo que todo es Uno, eterno, inmóvil; tú, que todo es Múltiple, cambiante, pasajero…
N.- Sí. He dicho que vivimos en una época protagórica: uno es la medida de todo. Tal vez tenías razón en que yo vine también antes de Sócrates…
P.- ¡Así que eres un hijo de la burguesía ilustrada, un enfermo!
N.- Esa broma es demasiado, ¿no crees?
P.- Perdóname, es una ironía. Decía: Parménides y tú sois contrarios ¿no? Entonces ¿qué vamos a hacer con vosotros? ¿Prescindimos de uno de los dos, del Uno o del Otro?
N.- O de los dos. Pero si prescindís de mí, os quedáis sin enemigo, ¡y entonces sí que estaríais ya del todo secos y tiesos!
P.- Tal vez. Y ¿qué pasa si prescindimos del viejo Parménides? Tú has escrito: si eliminamos el mundo verdadero, no nos quedamos con el aparente…
N.- Exacto.
P.- Y has dicho, quizás, más verdad de la que crees. Sin lo Uno, sin lo Inmóvil, todo tu pensamiento se queda en la sombra total. ¡Ya sí que podríamos dedicarnos sólo a lo que tú llamas "vivir"! Es más, no tendríamos más remedio: nada de pensar. Sólo a hacer nuestra santa voluntad, aquí y ahora mismo.
N.- Como dioses.
P.- O como piedras, más bien, porque eso es vivir sin consciencia, ser una piedra, un muerto. Los que vivimos en la mezcla (como tú o yo), no podemos prescindir de lo Uno y lo Otro, de lo Mismo y lo Diferente, de lo Eterno y lo Cambiante. Sin uno de esos polos, se acaba el tiempo, la vida y todo. Parménides y tú sois dos polos, que se implican mutuamente. Sin lo múltiple y cambiante, lo Uno y eterno no se manifiesta; sin lo Uno, lo múltiple es inconcebible.
N.- Total, que somos pura contradicción. Y eso es lo que digo yo, al fin y al cabo.
P.- No estaría mal que tú y yo estemos diciendo lo mismo. Pero falta un detalle. ¿Sabes por qué puse mi sabiduría en la boca de Parménides, y no en la de Protágoras o Calicles?
N.- Porque tu corazoncito está con lo inmóvil y momio.
P.- Tiene que ver con lo que entiendo por Amor, y Vida. Lo europeos de ahora no sabéis amar. Sois un poco sucios y románticos. Si se os toca se queda uno pegajoso.
N.- Parece que vas a decir algo que suene bien.
P.- El amor es asimetría, tendencia desigual, tensión inclinada hacia arriba. No es ese revoltijo de lo uno y lo otro revolcándose en unas sábanas. El amor es hijo de lo Uno y lo Múltiple, de lo Mismo y lo Diferente, pero su tendencia es siempre hacia lo Uno y lo Mismo, porque en eso es en lo que hay vida y Acción pura. En lo Otro y diferente lo que hay es caos y muerte, nada.
N.- Has estado a punto de embrujarme otra vez. La metafísica siempre será seductora. Pero me niego a entregarme. No conseguiréis que me meta en la secta. Prefiero mi soledad en la nada que vuestro paraíso lleno de sonrisas de sacerdotes.
P.- Dicho así, casi me embrujas tú a mí. Pero no, no me convence que me juntes con los sacerdotes. Estoy de acuerdo contigo en que no hay ser más sucio sobre la tierra, y que sus culpas, pecados y penas son pura sed de venganza y debilidad. Así que sigo con lo mío, mi misticismo racional.
N.- Allá tú. Mejor para mí: sin enemigos se me plantearía un gran problema. Quizás tendría que… ponerme a vivir.
P.- No te preocupes, que eso no va a pasar. Olvídate, te lo aconsejo, de esa patraña de que eres el final de nada. Cambiarán algo las palabras, pero mientras haya hombres o algo que se le parezca, habrá la dialéctica de lo Uno y lo Otro, siempre en contradicción y siempre unidos; pero habrá también la solución del Amor, que ve en lo Otro una carencia de unidad, y busca lo uno sin descanso, allí donde ve algo bello.
N.- ¿Bajamos?
P.- Vamos.
N.- ¿Qué les diremos a las gentes?
P.- Tú diles, una vez más, que Dios es, en realidad, el Hombre. Yo seguiré diciéndoles que el Hombre es, en realidad, Dios.
N.- ¡Sí! ¡Así podrán seguir diciendo que somos unos puros chalados!
P.- Pero a la vez no podrán prescindir de nosotros. Somos su conciencia.
N.- ¡Qué vanidoso eres! Eso también lo comparto contigo.
(Y siguieron su paseo, bajando la ladera, mientras se hacía de noche).
sábado, 15 de mayo de 2010
Diálogo (de milagro) entre Kant y Nietzsche
Kant.- He leído que has escrito de mí que soy el instinto que se equivoca en todas y cada una de las cosas, que soy la antinaturaleza hecha instinto, la decadencia alemana hecha filosofía, un siervo de teólogos, un iluso y que se yo. ¡Eso es Kant!, dices.
N.- Eso es.
K.- Y ¿qué quieres decir? ¿Cuáles crees que son esas equivocaciones mías, y cuál es ese instinto antinatural?
N.- Se puede contestar todo en uno: tú, aunque dices haber acabado con la metafísica como una ciencia, en realidad lo que has hecho es salvar todo lo que le importaba a los metafísicos, o sea, la creencia en que hay ideas y principios universales, a priori como los llamas, tanto en el conocimiento como, sobre todo, en la moral: ¡sobre todo en la moral! Pero el único a priori que existe aquí es vuestro prejuicio o instinto enfermo que es la moral cristiana, a la que salváis a toda costa: esa moral del resentimiento y la debilidad, que dice que todos somos iguales. La moral de rebaño, la llamo yo. Tú no eres más que el último y más refinado hijo de la metafísica, o sea, del odio a la vida.
K.- ¡Qué exaltado y vehemente eres! ¡Verdaderamente, por tus gestos cualquiera diría que luchas por una buena causa!
N.- Hablo en nombre de la Vida.
K.- ¿Hablas? ¿De la Vida? Así que crees que se puede y se debe hablar, y concretamente en defensa de la Vida… ¡Esos son tus prejuicios! ¿no?
N.- Eso es, esos son mis prejuicios.
K.- Pero ¿te interesa discutir si tienes derecho a ellos?
N.- Sólo me interesa si es una lucha a vida o muerte, con mi enemigo, que es al que más quiero. Por ejemplo, tú.
K.- Gracias por tus halagos. Vamos a la cuestión. Según tú estoy totalmente equivocado al pensar que existe una parte a priori en nuestro conocimiento. No sólo rechazas las ideas platónicas o cartesianas, sino también mis conceptos formales a priori.
N.- Eso es. Lo único que tienes es una fuerte convicción en que esos conceptos son universales. Pero una convicción (o fe, mejor dicho) no es una demostración. No puedes demostrar que dentro de un minuto dos más dos serán cuatro, o todo efecto tendrá una causa.
K.- ¿Entonces, según crees, ningún conocimiento tiene más valor que el que le estoy dando ahora mismo, por mi fe?
N.- Así es: la verdad absoluta es la absoluta mentira.
K.- Pero ¿qué es exactamente lo que me reprochas: que crea que existe la Verdad, o que no comparta la verdad en la que crees tú?
N.- Las dos cosas.
K.- ¿Las dos? ¿Piensas que puedes hacer afirmaciones, si dices a la vez que toda afirmación vale lo mismo: lo que uno decida creer?
N.- Yo no hago afirmaciones, yo juego con el lenguaje. No tengo inconveniente en contradecirme, esa preocupación la dejo para ti.
K.- Sí, ya veo que juegas: tus textos están llenos de insultos y otras figuras retóricas.
N.- Son mi forma de ser tragicómico, ditirámbico.
K.- Y (no te ofendas) pero ¿a quién crees que haces gracia, como no sea a personas moralmente inmaduras, que ríen con chistes groseros y pueden confundir un improperio con un argumento?
N.- ¿Ves qué mal humor tienes? ¡Eres muy serio! Así no se puede vivir.
K.- ¿Tú crees? Puede ser. Pero vayamos al grano. Si lo que dices es contradictorio (y ni siquiera te importa) ¿por qué hay que compartir lo que dices, y no más bien lo contrario? Pero veamos lo de tus gustos, porque parece que para ti, como para mí (será lo único en que estamos de acuerdo) el asunto de qué tiene valor es mucho más importante que el del conocimiento…
N.- Sí, pero tu Voluntad Universal, tu ley para todos igual, se parece a mi voluntad de poder como una momia a un vivo.
K.- ¿Qué le objetas a mi teoría moral?
N.- Ya lo he dicho, aunque nuestros oídos son duros. Tu moral, o sea, la moral cristiana y socrática, es una maldición contra la vida. ¡Lo vivo no es universal, estático, imperativo! Lo vivo es instante, presente, cambio perpetuo, lucha, egoísmo…
K.- Veo que aprecias mucho a la Vida.
N.- Como buen enfermo… saludable.
K.- Y ¿qué es, entonces, lo que me reprochas, o nos reprochas a los moralistas: que concedemos valor a las cosas, o que no valoramos lo que tú?
N.- Las dos cosas, exactamente a la vez.
K.- Lo suponía. O sea, que crees a la vez que las cosas carecen de valor, que no hay una ley moral universal, que todo eso es un invento, y no sé cuántas cosas más, pero que, a la vez, la vida es lo más valioso que hay, la medida de todo lo demás, por así decirlo, y que todos deberíamos valorarlo así… ¡Qué suerte tienes, de poder jugar a contradecirte y quedarte tan ancho!
N.- ¿Ves? La vida es juego, caos. No seriedad ni orden.
K.- Y, claro, supongo que, como no hay nada permanente, ni yo ni tú somos algo, ni mucho menos la Humanidad.
N.- Lo ves.
K.- Ni existe, por supuesto, futuro de la Humanidad o de ti y de mí.
N.- Eso es (y no es, a la vez).
K.- Entonces, cuando nos recomiendas que demos el paso a ser ultrahombres, y cuando hablas del hombre del futuro, es un caso más de esos juegos tuyos.
N.- Así es.
K.- Creo que tienes razón, que estás en lo cierto. Es verdad que no hay verdad, lo valioso es descubrir que nada tiene valor, el futuro de la Humanidad consistirá en reconocer que no existe el futuro ni la humanidad, que todo presente es bueno.
N.- ¡Sabía que recurrirías a esa argucia! En último extremo, el teólogo deja el diálogo, porque le basta con su fe en sí mismo, aunque sepa en su interior que está equivocado.
K.- ¿Equivocado, yo? ¡No, yo no creo eso! Creo que los dos, tú y yo, estamos en lo cierto… Date cuenta de que, si sólo estuviese equivocado yo, entonces existiría una única verdad absoluta, la tuya, y eso echaría a perder tu propia teoría. Así que, aunque es verdad todo lo que dices, es también verdad que no dices más que sandeces, que tus instintos valorativos son perniciosos para cualquiera, empezando por ti, y sobre todo inmorales e indignos de una persona, y que el futuro que tú prometes es volver al pasado de la inconsciencia, cuando éramos amebas, por ejemplo.
N.- ¿Realmente me estás malinterpretando tanto, o te estás haciéndote el loco?
K.- Dímelo tú. Si es que puedes, porque dices que todo es interpretación, así que (deduzco, en mi pobre manía de usar la lógica) que según tú no hay ninguna interpretación que sea la correcta...
N.- Yo salvo la vida, tú la destruyes.
K.- Sí, no me repitas tus amores por la vida. Yo, en cambio, creo que una vida indigna, irracional, no merece la pena, es decir, no tiene ningún valor. Y no hace falta que me lances otra vez tu consigna de que la vida es lo más importante. Dame, si puedes, algún argumento para ese prejuicio tuyo, o si no crees en argumentos, cállate… o habla, como quieras. Pero ¿quién es aquí el loco? Tú, hasta según tú mismo.
N.- Los dos somos locos. Pero mi locura se llama vida, Dionisos. La tuya se llama odio, venganza, resentimiento… Cristianismo.
viernes, 14 de mayo de 2010
Perspectivas e interpretaciones del pensador de la perspectiva y la interpretación (Nietzsche VIII)
“A veces veo mi mano como si tuviera en ella el destino de la humanidad -: la rompo invisiblemente en dos trozos, antes de mí, después de mí”.
“Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo monstruoso – de una crisis como jamás la hubo antes en la tierra, de la más profunda colisión de conciencias…” Fragmentos póstumos, 25(5 y 6)
Como pasa con todo gran pensador, el significado del pensamiento de Nietzsche en la cultura y la sociedad es muy grande, aunque su influencia sea indirecta (a través de los intelectuales que influyen en la política, el arte, la ciencia, etc.), y crece y se ajusta a medida que pasa el tiempo y hay más perspectiva para valorarlo. En los poco más de cien años que han pasado desde su muerte, Nietzsche está omnipresente en toda la filosofía.
Pero, como pasa a menudo, sobre todo con los pensadores más originales, no todo el mundo entiende de la misma manera su mensaje.
Pocos contemporáneos suyos se dieron cuenta de la importancia de su obra. Su forma de escribir, muy literaria y poco escolástica y técnica, hizo a muchos creer que era un simple “ensayista”, irónico y crítico. No fueron capaces de ver que sus argumentos atacaban los puntos centrales del edificio del pensamiento tradicional.
Los primeros que empezaron a darle importancia filosófica lo consideraron un pensador irracionalista y “vitalista”, cosa que era propia de ciertos post-románticos de fines del siglo XIX. Esta interpretación no comprendió el lenguaje necesariamente “metafórico” de Nietzsche, no veía que en Nietzsche las palabras “vida”, “hombre”, etc, no tienen un significado biológico, antropológico, etc.
Como todo pensador original, Nietzsche tuvo que usar el lenguaje existente, pero dándole un significado más profundo. Por eso, sólo los que pudieran estar a la altura de ese pensamiento (al menos a la altura suficiente como para divisarlo, allá arriba en las alturas –o allá abajo en las profundidades-) podrían entenderlo, los demás se quedarán con una interpretación superficial y, con toda seguridad, errónea. En Nietzsche las malinterpretaciones son muy fáciles, y nefastas.
La interpretación más torpe es, desde luego, la que de su pensamiento hizo el nacionalsocialismo. Esta interpretación ha tenido cierto éxito porque, además de interesarle a los propios nazis (así se asociaban el nombre de un gran filósofo), les ha interesado a cuantos han querido desprestigiar a Nietzsche y sustituir los argumentos por el descrédito (esto es bastante corriente en el mundo intelectual). Pero quien cree esa interpretación, es que no ha leído una sola línea de Nietzsche, porque es difícil no encontrarse con alguna frase suya contra los nacionalistas y los antisemitas:
“Máxima: no tener trato con nadie que participe en la mentirosa patraña de las razas. (¿Cuánta mendacidad y cuánta miasma hacen falta para promover cuestiones raciales en la actual Europa de la mezcolanza!)”
“No hay en Alemania una banda más desvergonzada y estúpida que estos antisemitas. ¡Esa chusma se atreve a llevar a la boca el nombre de Z(aratustra)” . Fragmentos póstumos 7(67)
Además calificó al nacionalismo como la peor enfermedad de Europa. Y especialmente escribió contra nacionalismo alemán.
Un intento de apropiación casi tan burdo (aunque de un significado histórico menos tremendo) es el del pensamiento de “izquierdas”, o socialista. Desde luego, hay cierto aspecto en común: el ateísmo y el “materialismo” o inmanentismo: la negación de lo trascendente. Pero aquí se acaban las coincidencias, y son interpretadas de forma muy diferente. Nietzsche vio al socialismo como un cristianismo revestido de materialismo: la moral es la misma: la igualdad de todos y la compasión, en definitiva, la moral de rebaño. Contra eso, el pensamiento político de Nietzsche es aristocrático. Decirle a los proletarios que son iguales que los amos, y que deben acabar con las jerarquías es un gran error. Por eso, más acertadamente, algunos pensadores marxistas han visto en Nietzsche un defensor del individualismo elitista hijo de la burguesía.
Más interesante, aunque seguramente en las antípodas de la intención de Nietzsche (o precisamente por eso), es el intento de algunos cristianos por considerarle como un cristiano muy radical. ¿Cómo puede alguien creer tal cosa de Nietzsche? Precisamente los más contrarios (decía el viejo sabio Heráclito) son los más semejantes, quizás son… lo mismo. ¿Podría entenderse a Nietzsche como la forma más radical y honesta de lo que, en el fondo, sería el mensaje cristiano, y que ningún cristiano habría entendido bien? ¿Dice el cristianismo que la vida es sagrada, que el mundo no tiene su sentido fuera de sí, que hay que vivir afirmando absolutamente el presente, con una voluntad pura y libre de resentimiento y venganza…? Es duro de tragar. Otros creen que, como Nietzsche mismo se expresaba, su pensamiento representa el mayor y más demoledor ataque que ha recibido jamás el cristianismo, y toda religión trascendente en general.
Misteriosamente, Nietzsche firmó algunas de sus últimas cartas como El Crucificado. ¿Fue por ironía, locura…?
La interpretación más popular entre filósofos es, seguramente, la del filósofo Martin Heidegger. Heidegger (quizás uno de los dos más grandes filósofos del siglo XX) sostiene que, ante la gran cuestión para el hombre, la cuestión que nos constituye en nuestra verdadera existencia, que es la cuestión del sentido del ser, la metafísica, desde Platón, ha contestado que el ser es la presencia, es decir, lo que se muestra a la “vista”, la Idea (en Platón), la Forma (en Aristóteles), el Acto puro (la filosofía medieval), la Certeza (de Descartes y la filosofía moderna), la Voluntad (en los idealistas del siglo XIX)… Según Heidegger Nietzsche es el último metafísico. La Voluntad de Poder no es más que la última consecuencia de ver el ser como lo observable y manipulable. Con Nietzsche, en efecto, acaba la metafísica, pero el propio Nietzsche está dentro, no fuera de ella. La Metafísica ha dado como último fruto la visión pragmática y mecanicista del mundo moderno, lo que, según Heidegger, se encarna en la política y la economía moderna, en la bomba atómica y la cadena de montaje. El eterno retorno de Nietzsche, llegaa a escribir Heidegger, se expresa en la rueda de la máquina. Tenemos que “superar” ese camino, volver a preguntarnos por el sentido del ser, que no es lo que se muestra, no es el ente, sino lo que se “oculta al mostrarse”. Y ¿cómo se hace eso? ¿Cómo debe ser el pensamiento que no es metafísico? Según Heidegger se parece más a lo que hace el poeta que a lo que hace el científico.
En la segunda mitad del siglo XX varios filósofos franceses han rechazado esta interpretación, y han preferido ver en Nietzsche, de acuerdo con como se presenta el propio Nietzsche a sí mismo, el gran destructor (o deconstructor) de la metafísica. El pensamiento tradicional se basaba en la unidad, la identidad, la razón… Nietzsche ha descubierto que más básica que la unidad es la pluralidad, que más básica que la identidad es la diferencia, que más básica que la razón es lo irracional e inconsciente. Nietzsche ha “deconstruido” el pensamiento tradicional y platónico, y con eso nos ha ayudado a liberarnos de la enajenación en que ese pensamiento nos tenía. Ahora tenemos que afirmar la vida, aquí en la tierra, no en el más allá.
Que Nietzsche tenga tantas “caras” no es un problema para su pensamiento. ¿No fue él, no es él el pensador de la Perspectiva? ¿No pensaba él que toda teoría es interpretación? El buen discípulo es el que no sigue fielmente a su maestro, el buen maestro es el que tiene discípulos enemigos.
Así que puedes decir: “yo soy nietzscheano porque no soy nietzscheano”.
Pero el “mediocre” no quiere aceptar que toda teoría tiene su reverso:
“¿Qué es lo mediocre en el hombre típico? Que no comprende como necesario el reverso de las cosas: que combate los inconvenientes como si pudiera renunciar a ellos; que quiere una cosa sin la otra. […] Nuestra visión es la inversa: que con todo crecimiento tiene que crecer también su reverso, que el hombre superior, suponiendo que sea permitido un concepto tal, sería el hombre que representara con mayor fuerza el carácter antitético de la existencia". Fragmentos póstumos, 10(111)
Por eso, la filosofía sigue siendo “para todo el mundo y a la vez para muy pocos”:
“Este libro se dirige solamente a pocos – a los seres humanos que han llegado a ser libres, a quienes ya no les está prohibido nada.” Proyecto de prólogo, fragmento póstumo 15(76)
¿Qué es, pues, la Filosofía según Nietzsche?:
“La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es la búsqueda voluntaria incluso de las caras más malditas e infames de la existencia. De la prolongada experiencia que me ha proporcionado este caminar por el hielo y el desierto yo he aprendido a considerar de otro modo todo lo que se ha filosofado hasta ahora – se me ha puesto al descubierto la historia oculta de la filosofía, la psicología de sus grandes nombres. “¿Cuánta verdad soporta, cuanta verdad osa un espíritu?” – esto se ha convertido para mí en el auténtico criterio de valor. El error es una cobardía […]El estado más alto que un filósofo puede alcanzar: tener una actitud dionisiaca con la existencia -: mi fórmula para ello es amor fati". Fragmentos póstumos 16(32)
¿Qué te “dice” a ti la obra de Nietzsche? ¿En qué puede cambiar tu vida?
“Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo monstruoso – de una crisis como jamás la hubo antes en la tierra, de la más profunda colisión de conciencias…” Fragmentos póstumos, 25(5 y 6)
Como pasa con todo gran pensador, el significado del pensamiento de Nietzsche en la cultura y la sociedad es muy grande, aunque su influencia sea indirecta (a través de los intelectuales que influyen en la política, el arte, la ciencia, etc.), y crece y se ajusta a medida que pasa el tiempo y hay más perspectiva para valorarlo. En los poco más de cien años que han pasado desde su muerte, Nietzsche está omnipresente en toda la filosofía.
Pero, como pasa a menudo, sobre todo con los pensadores más originales, no todo el mundo entiende de la misma manera su mensaje.
Pocos contemporáneos suyos se dieron cuenta de la importancia de su obra. Su forma de escribir, muy literaria y poco escolástica y técnica, hizo a muchos creer que era un simple “ensayista”, irónico y crítico. No fueron capaces de ver que sus argumentos atacaban los puntos centrales del edificio del pensamiento tradicional.
Los primeros que empezaron a darle importancia filosófica lo consideraron un pensador irracionalista y “vitalista”, cosa que era propia de ciertos post-románticos de fines del siglo XIX. Esta interpretación no comprendió el lenguaje necesariamente “metafórico” de Nietzsche, no veía que en Nietzsche las palabras “vida”, “hombre”, etc, no tienen un significado biológico, antropológico, etc.
Como todo pensador original, Nietzsche tuvo que usar el lenguaje existente, pero dándole un significado más profundo. Por eso, sólo los que pudieran estar a la altura de ese pensamiento (al menos a la altura suficiente como para divisarlo, allá arriba en las alturas –o allá abajo en las profundidades-) podrían entenderlo, los demás se quedarán con una interpretación superficial y, con toda seguridad, errónea. En Nietzsche las malinterpretaciones son muy fáciles, y nefastas.
La interpretación más torpe es, desde luego, la que de su pensamiento hizo el nacionalsocialismo. Esta interpretación ha tenido cierto éxito porque, además de interesarle a los propios nazis (así se asociaban el nombre de un gran filósofo), les ha interesado a cuantos han querido desprestigiar a Nietzsche y sustituir los argumentos por el descrédito (esto es bastante corriente en el mundo intelectual). Pero quien cree esa interpretación, es que no ha leído una sola línea de Nietzsche, porque es difícil no encontrarse con alguna frase suya contra los nacionalistas y los antisemitas:
“Máxima: no tener trato con nadie que participe en la mentirosa patraña de las razas. (¿Cuánta mendacidad y cuánta miasma hacen falta para promover cuestiones raciales en la actual Europa de la mezcolanza!)”
“No hay en Alemania una banda más desvergonzada y estúpida que estos antisemitas. ¡Esa chusma se atreve a llevar a la boca el nombre de Z(aratustra)
Además calificó al nacionalismo como la peor enfermedad de Europa. Y especialmente escribió contra nacionalismo alemán.
Un intento de apropiación casi tan burdo (aunque de un significado histórico menos tremendo) es el del pensamiento de “izquierdas”, o socialista. Desde luego, hay cierto aspecto en común: el ateísmo y el “materialismo” o inmanentismo: la negación de lo trascendente. Pero aquí se acaban las coincidencias, y son interpretadas de forma muy diferente. Nietzsche vio al socialismo como un cristianismo revestido de materialismo: la moral es la misma: la igualdad de todos y la compasión, en definitiva, la moral de rebaño. Contra eso, el pensamiento político de Nietzsche es aristocrático. Decirle a los proletarios que son iguales que los amos, y que deben acabar con las jerarquías es un gran error. Por eso, más acertadamente, algunos pensadores marxistas han visto en Nietzsche un defensor del individualismo elitista hijo de la burguesía.
Más interesante, aunque seguramente en las antípodas de la intención de Nietzsche (o precisamente por eso), es el intento de algunos cristianos por considerarle como un cristiano muy radical. ¿Cómo puede alguien creer tal cosa de Nietzsche? Precisamente los más contrarios (decía el viejo sabio Heráclito) son los más semejantes, quizás son… lo mismo. ¿Podría entenderse a Nietzsche como la forma más radical y honesta de lo que, en el fondo, sería el mensaje cristiano, y que ningún cristiano habría entendido bien? ¿Dice el cristianismo que la vida es sagrada, que el mundo no tiene su sentido fuera de sí, que hay que vivir afirmando absolutamente el presente, con una voluntad pura y libre de resentimiento y venganza…? Es duro de tragar. Otros creen que, como Nietzsche mismo se expresaba, su pensamiento representa el mayor y más demoledor ataque que ha recibido jamás el cristianismo, y toda religión trascendente en general.
Misteriosamente, Nietzsche firmó algunas de sus últimas cartas como El Crucificado. ¿Fue por ironía, locura…?
La interpretación más popular entre filósofos es, seguramente, la del filósofo Martin Heidegger. Heidegger (quizás uno de los dos más grandes filósofos del siglo XX) sostiene que, ante la gran cuestión para el hombre, la cuestión que nos constituye en nuestra verdadera existencia, que es la cuestión del sentido del ser, la metafísica, desde Platón, ha contestado que el ser es la presencia, es decir, lo que se muestra a la “vista”, la Idea (en Platón), la Forma (en Aristóteles), el Acto puro (la filosofía medieval), la Certeza (de Descartes y la filosofía moderna), la Voluntad (en los idealistas del siglo XIX)… Según Heidegger Nietzsche es el último metafísico. La Voluntad de Poder no es más que la última consecuencia de ver el ser como lo observable y manipulable. Con Nietzsche, en efecto, acaba la metafísica, pero el propio Nietzsche está dentro, no fuera de ella. La Metafísica ha dado como último fruto la visión pragmática y mecanicista del mundo moderno, lo que, según Heidegger, se encarna en la política y la economía moderna, en la bomba atómica y la cadena de montaje. El eterno retorno de Nietzsche, llegaa a escribir Heidegger, se expresa en la rueda de la máquina. Tenemos que “superar” ese camino, volver a preguntarnos por el sentido del ser, que no es lo que se muestra, no es el ente, sino lo que se “oculta al mostrarse”. Y ¿cómo se hace eso? ¿Cómo debe ser el pensamiento que no es metafísico? Según Heidegger se parece más a lo que hace el poeta que a lo que hace el científico.
En la segunda mitad del siglo XX varios filósofos franceses han rechazado esta interpretación, y han preferido ver en Nietzsche, de acuerdo con como se presenta el propio Nietzsche a sí mismo, el gran destructor (o deconstructor) de la metafísica. El pensamiento tradicional se basaba en la unidad, la identidad, la razón… Nietzsche ha descubierto que más básica que la unidad es la pluralidad, que más básica que la identidad es la diferencia, que más básica que la razón es lo irracional e inconsciente. Nietzsche ha “deconstruido” el pensamiento tradicional y platónico, y con eso nos ha ayudado a liberarnos de la enajenación en que ese pensamiento nos tenía. Ahora tenemos que afirmar la vida, aquí en la tierra, no en el más allá.
Que Nietzsche tenga tantas “caras” no es un problema para su pensamiento. ¿No fue él, no es él el pensador de la Perspectiva? ¿No pensaba él que toda teoría es interpretación? El buen discípulo es el que no sigue fielmente a su maestro, el buen maestro es el que tiene discípulos enemigos.
Así que puedes decir: “yo soy nietzscheano porque no soy nietzscheano”.
Pero el “mediocre” no quiere aceptar que toda teoría tiene su reverso:
“¿Qué es lo mediocre en el hombre típico? Que no comprende como necesario el reverso de las cosas: que combate los inconvenientes como si pudiera renunciar a ellos; que quiere una cosa sin la otra. […] Nuestra visión es la inversa: que con todo crecimiento tiene que crecer también su reverso, que el hombre superior, suponiendo que sea permitido un concepto tal, sería el hombre que representara con mayor fuerza el carácter antitético de la existencia". Fragmentos póstumos, 10(111)
Por eso, la filosofía sigue siendo “para todo el mundo y a la vez para muy pocos”:
“Este libro se dirige solamente a pocos – a los seres humanos que han llegado a ser libres, a quienes ya no les está prohibido nada.” Proyecto de prólogo, fragmento póstumo 15(76)
¿Qué es, pues, la Filosofía según Nietzsche?:
“La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es la búsqueda voluntaria incluso de las caras más malditas e infames de la existencia. De la prolongada experiencia que me ha proporcionado este caminar por el hielo y el desierto yo he aprendido a considerar de otro modo todo lo que se ha filosofado hasta ahora – se me ha puesto al descubierto la historia oculta de la filosofía, la psicología de sus grandes nombres. “¿Cuánta verdad soporta, cuanta verdad osa un espíritu?” – esto se ha convertido para mí en el auténtico criterio de valor. El error es una cobardía […]El estado más alto que un filósofo puede alcanzar: tener una actitud dionisiaca con la existencia -: mi fórmula para ello es amor fati". Fragmentos póstumos 16(32)
¿Qué te “dice” a ti la obra de Nietzsche? ¿En qué puede cambiar tu vida?
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