-No des a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza.
-¿Por qué?
-Porque no hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. El alma no conserva ningún conocimiento que haya entrado en ella por la fuerza.
-Cierto.
-No emplees, pues, la fuerza, mi buen amigo, para instruir a los niños; que se eduquen jugando, y así podrás también conocer mejor para qué está dotado cada uno de ellos.
(Platón)

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lunes, 4 de octubre de 2010

Heráclito: la locura de la sabiduría

(Narración, ficticia y, por tanto, real)

Sin hacer caso de las gentes, que dicen que es un loco soberbio y huraño, un día subí hasta la cabaña del viejo Heráclito, el filósofo solitario que, según cuentan, se alimenta de raíces y dice cosas incomprensibles. Lo encontré jugando a las tabas con unos niños. La fama dice que sólo a los niños les tiene aprecio. Me detuve a unos pasos de ellos y, al notar mi presencia, el viejo dijo:
-¿Qué quieres? ¿Sabes el juego de las tabas?
-Sí –dije-, pero vengo a otra cosa.
-¿A qué vienes? –dijo, secamente.
-A conocer tu sabiduría –contesté.
-¿Sabiduría? –dijo, en tono irónico-. Si sabes jugar a las tabas ya tienes toda la sabiduría –hizo un silencio. Yo tampoco dije nada. Luego siguió- Vete, no tengo nada que enseñarte. En la ciudad hay muchos maestros, pueden enseñarte a ser un buen ciudadano, rico y respetado.
-Ya los conozco –dije yo-. Ahora quiero saber qué dices tú, al que ellos toman por loco.
-Hazles caso –dijo él-. Lo que tengo que decir no sirve para nada, y es absurdo, enemigo de la normalidad.
-Ya sé lo que dicen los normales –insistí yo-, quiero saber también lo absurdo.
-Piénsalo tú mismo, como he hecho yo: estudiarme a mí mismo –dijo en su tono seco.
-Creía –dije- que los que han pensado algo profundo aman a las personas, y están dispuestos a hablar con ellos si los ven deseosos de comprender. ¿Tu sabiduría te lleva a rechazar la amistad?
Entonces él se me quedó mirando, con una mezcla de curiosidad y cierta satisfacción, y con un tono más dulce, me dijo:
-¿Sabes digerir raíces?
-Dicen que son muy amargas –contesté.
-Y por eso mismo son lo más dulce –dijo él.
-Sí, querría ir a las raíces: son las que sujetan el árbol –dije.
-Porque están ocultas a la vista y no son aparentes –dijo.- Lo que yo pueda decirte es locura para los más, que sólo creen lo que se ve, e ignoran la luz oculta. Los más viven en sueños, son propiamente idiotas.
-¿Cuál es nuestra idiotez? –pregunté.
-La idiotez –contestó, mientras seguía jugando a las tabas con los niños- es vivir en un mundo propio, y no conocer el mundo común. Pero hay una única Razón, que lo gobierna todo y es todo. Ella es un fuego vivo, que todo lo crea y todo lo devora, y que huele a diferentes cosas según las hierbas que consume.
-¿Y cuál es esa Razón única? –le pregunté.
-Las gentes, encerradas en su sueño, creen que lo blanco es blanco y lo negro es negro; que lo vivo es vivo y lo muerto, muerto; que lo sagrado es sagrado y lo profano es profano; que lo bueno es lo bueno y lo malo es lo malo.
-Eso creen todos –asentí.
-Sin embargo –siguió-, lo blanco se oscurece y lo negro blanquea; lo vivo muere y lo muerto nace a la vida; lo sagrado se profana y lo profano se consagra; lo bueno hace el mal y lo malo se hace bueno. Esto no le llama la atención al que está metido en el sueño que llaman vida.
-¿Por qué tenía que llamarle la atención que las cosas cambien? –dije.
-Tenía que llamarnos la atención que lo mismo, exactamente lo mismo, se haga justo lo contrario, sin dejar de ser exactamente el mismo e incluso por eso mismo.
-¿Quieres decir que la misma cosa, yo por ejemplo, permanece a través de los cambios? –le pregunté yo.
-No sólo eso –contestó-: es que es la misma gracias a que cambia, como un medicamento, que si no lo agitas se descompone. Y es diferente gracias a que es la misma, como el camino hacia arriba es el mismo que el camino hacia abajo. La normalidad idiota es la que distingue y se queda con sólo una parte. Si esto es blanco, no es negro, si es bueno, no es malo. La normalidad idiota querría eliminar lo negro y quedarse sólo con lo blanco, eliminar lo malo y quedarse con lo bueno… No ven que la guerra es la madre de todo, y que si eliminas uno eliminas el contrario. Sin mortales, no hay dioses, sin dioses no hay mortales.


-Sin invierno no hay primavera, sin dolor no se aprecia la felicidad –dije.
-Es más –siguió él-, no ven que lo uno es lo otro a la vez, que lo más claro es justo lo más oscuro.
-Eso es mucho más difícil de comprender –dije yo.
-Sí, para nuestro entendimiento limitado –contestó-. No comprender eso nos hace mortales. Aunque hasta en las vidas de los más simples se experimenta esto que te digo (o, más bien, lo que dice la Razón por medio de mi boca): por ejemplo, cuando llegan a sentir que una felicidad desbordante no se distingue de la mayor tristeza; o que quien más te cuida es tu mayor tirano; o que lo más luminoso ciega, y la mayor oscuridad, brilla. Pero con su razón no llegan a ver que lo Uno es lo mismo que lo Otro, que el Ser es lo mismo que la Nada, que lo más grande, lo absolutamente grande o infinito, es lo mismo que lo infinitamente pequeño… precisamente porque son contrarios. La sabiduría única dice que cuanto más contrarias son dos cosas más se acercan a ser la misma, y lo totalmente contrario es absolutamente lo mismo. Por eso la mayor sabiduría es la mayor locura, mientras que los ignorantes corrientes son los cuerdos.
-Al sentido común le cuesta seguir a esa Razón común de la que hablas –dije yo.
-Si no abandonas el sentido común –me contestó-, si no ves la idiotez de la normalidad, no puedes entender esto. Si conservas la cordura, la perderás; si la abandonas, la conseguirás. –Hizo un pequeño silencio, y luego siguió-: ¿Ves estas tabas? Los adultos lo llaman un juego. Saben lo que es un juego y lo que va en serio. Lo que ellos hacen es lo real: su política y sus guerras, sus negocios y sus pérdidas, sus hijos y su enemigos, sus esposas o esposos y sus ponerse los cuernos… todo eso es realmente serio, creen ellos. En verdad, es tan juego como las tabas. Es un ridículo juego. No comprenden que tomarse las cosas en serio es estar metido en un juego, y tomarse las cosas como un juego es lo único serio. El dios comprende todo en uno, y ve que guerra y paz son lo mismo. Pero nosotros somos como monos comparados con el dios. Nosotros ponemos nombres a las cosas, y lo que es esto no puede ser aquello. El dios, en cambio, tiene y no tiene nombre.
-¿Qué nombre tiene? –dije yo.
-Los griegos –me contestó- le llaman Zeus, o sea, luz, que es lo más grande. Pero con eso lo separan de la oscuridad. En cambio, el dios no está separado de nada, para el ser Absoluto nada es malo o despreciable. Por eso no puede ponérsele ningún nombre, ni adorársele de ninguna manera. Quiere y no quiere llamarse Zeus.
-¿Nunca podremos comprender eso, entonces? –le pregunté.
-Precisamente ahora lo comprendes –contestó-. Lo comprendes no comprendiéndolo, y no lo comprendes al intentar comprenderlo.
-Viejo Heráclito –le dije, entonces-, tú llevas años pensando en todo eso, y tu gran inteligencia te ha permitido llegar tan lejos que te sientes un extranjero entre los hombres. ¿Qué les dirías, si te pidiesen que les resumieses todo tu saber?
-Los hombres –dijo- dicen buscar el sentido de la vida, la solución al misterio de la muerte. Es verdad que muy a menudo se olvidan de eso, y se dedican a sobrevivir y reproducirse, generación tras generación. Pero el sentido de las cosas está ahí mismo, en cada uno de ellos. Lo encontrarán cuando vean que el sentido es lo mismo que el sinsentido; lo solucionarán cuando vean la vida como muerte y la muerte como vida.
-¿Cómo puede verse a la muerte como vida? –dije yo- ¿Crees que merece la pena decirles algo tan desesperanzador?
-Sólo es desesperanzador para el que no sabe qué es vivir –me contestó-. En lo que llaman vida no hay más que un continuo morir, instante a instante, para repetirse su nada. En la muerte alcanzamos la indistinción, y nos convertimos otra vez en el Zeus y Fuego y Razón única. Ya no distinguimos vida de muerte, felicidad de tristeza: despertamos. Pero los hombres quieren aferrarse a su sueño, y no quieren despertar, aunque en el sueño sufren continuamente. Aprende de esto, del juego. El reino es de un niño.

Esa fue mi primera conversación con el oscuro Heráclito, como le llaman los más, los “idiotas”, según los llama, cariñosamente, el viejo. Después he subido varias veces hasta su choza. Con el tiempo, he aprendido todos los secretos de las tabas, y se jugar sin pensar, y entonces lo comprendo todo. O eso me parece.

¿Qué piensas tú de un pensamiento como éste? ¿Sabiduría y locura son lo mismo? ¿Los contrarios son idénticos?

Ver también esta otra entrada sobre Heráclito

sábado, 2 de octubre de 2010

Zenón de Elea la Razón te lía. II

(Diálogo entre Zenón de Elea y un paisano suyo más un amigo de tal paisano -continuación de éste-)

Paisano de Elea.- Zenón, he traído a un amigo, ¿te parece bien?
Zenón.- Claro. A lo mejor sumando cabezas pensemos más.
Amigo de P.- Lo importante es pensar mejor, no más.
Z.- Bien dicho. Bueno, en lo que habíamos quedado es en pensar cuánto de grande es cada cosa. ¿Quién de los dos lo sabe?
Amigo.- Cuánto es de grande cada cosa dependerá de con qué la compares.
Z.- ¿Estás seguro? Puede ser. Quieres decir, si te interpreto bien…
Amigo.- Yo te digo lo que quiero decir: quiero decir que mi cabeza es grande comparada con mi puño, pero es pequeña comparada con al cabeza de Calias.
Z.- Tienes razón. Además, tu puño, por lo que veo, es más grande que esa piedrecita de ahí, la cual, a su vez, es más grande que una pulga, y creo que las pulgas son más grandes que los piojos. ¿El piojo es sólo más pequeño que los demás, o es más grande que algo o alguien? ¿Qué decís? ¿Hay algunas cosas que sean ya pequeñas en sí, no por comparación? ¿Y quizás otras que sean grandes en sí, no más pequeñas que nadie o nada?
P.- Eso ya lo hablamos ayer tú y yo, Zenón. Luego me acordé que tengo oído que un filósofo de Abdera, un tal Demócrito, dice que hay átomos, o sea, cosas indivisibles, de las cuales están hechas todas las demás cosas. Supongo que esos átomos son más pequeños que los piojos.
Z.- Es de temer. Y ¿has oído también cuánto ocupan esos átomos?
P.- No.
Z.- Pues escúchalo dentro de tu cabeza. ¿Pueden ocupar algo y ser, sin embargo, indivisibles?
Amigo de P.- ¡Claro que sí! No se pueden destruir o partir, pero tienen su propio tamaño.
Z.- Pero ¿por qué no se pueden partir? ¿Será porque no tenemos el cuchillo lo suficientemente fuerte, o porque son completamente indivisibles, hasta para la mente?
A.- ¿Qué problema hay en que sean indivisibles hasta con la mente?
Z.- Para mis entendederas hay el problema de que una cosa que no se pueda dividir ni con la mente tiene que medir exactamente nada.
A.- Y, si fuese así ¿qué?
Z.- Pues que si una cosa mide nada no es que sea pequeña, ni grande. Cualquier cosa que midiera algo, por poco que fuese, mediría infinitamente más que ella. ¿Cómo podríamos compararlas, entonces, en tamaño?

P.- Zenón, supongamos que no son indivisibles con la mente, sino sólo muy requetepequeñas.
Z.- Sí, pero infinitamente grandes ya.
A.- ¿Por qué?
Z.- Porque, si tienen algún tamaño, no veo manera en que no las podamos partir con la mente en infinitas partes.
P.- Es verdad, ya lo habíamos dicho.
Z.- Así que las cosas son a la vez tan pequeñas que no son nada, y tan grandes que son infinitas. Eso le pasará a todo lo que pueda ser más grande o más pequeño, como el espacio, o el tiempo.
P.- Por eso dices otras veces que no podemos movernos…
Z.- Claro. Me pregunto una y otra vez cuánto ocupa el espacio que va de mí a ti. Unos me dicen que hay infinitos puntos entre tú y yo. Pero entonces no entiendo cómo podemos siquiera movernos, si el más mínimo paso me hará atravesar un infinito. Entonces el otro suele decirme que no hay infinitos pasos, sino una cantidad determinada. Entonces me pregunto cuánto ocupa cada punto, y qué hay entre punto y punto. Y no sé salir de que cada punto, para ser indivisible, tiene que medir nada, y que lo que haya entre punto y punto no puede ser más que nada. Y no entiendo que sumando muchas nadas obtengamos un algo.



A.- Zenón, ¿a dónde quieres llegar con estos razonamientos?
Z.- ¿A dónde crees que quiero llegar, sino a la verdad?
A.- Mira, he venido con Calias a oírte, porque había escuchado que sabes hacer estos juegos de palabras, propias de gente ociosa. Sin embargo, otras personas inteligentes se ocupan en descubrir cómo se mueven los astros, o los animales. Y obtienen resultados de provecho, no conclusiones sin salida como las tuyas.
Z.- Amigo, me alegra mucho que conozcas gente sabia. Y si ellos te han enseñado en qué consiste el movimiento, o en qué consiste el espacio o la cantidad, te agradecería infinitamente que me lo comunicases. Así yo dejaría de hacerme preguntas inútiles.
A.- Pues claro que saben lo que es el movimiento y el espacio, porque son físicos y matemáticos. Y saben que la distancia entre tú y yo, por ejemplo, aunque sea siempre divisible, como te gusta decir a ti, es también un metro, porque resulta que una suma infinitas de trozos del espacio, como, por ejemplo, un medio más un cuarto más un octavo, etc, da justamente uno. Así que tu absurdo Aquiles puede llegar tranquilamente a la meta antes de que la tortuga haya aprendido tus inteligentísimos razonamientos.
Z.- ¿Así que una suma de infinitos trozos de espacio da uno? ¿”Un” qué?
A.- ¿Qué estás preguntando?
Z.- Pregunto que qué unidad es esa de la que hablan tus físicos y matemáticos. Tenía entendido que la unidad, la verdadera unidad, no puede tener partes. ¿O esa unidad, sin partes, no existe, pero sí existen las unidades que se pueden partir en infinitas?
A.- No entiendo bien lo que preguntas, pero no quiero que me líes otra vez. Lo que podrías entender es que una cosa es decir que todo es potencialmente divisible, o sea, que siempre podrías hacer un corte más pequeño, y otra cosa es decir que esos infinitos fragmentos existen realmente, hechos ahora.
Z.- ¡Bonita distinción haces tú! O sea, que el espacio podría seguirse partiendo siempre pero no tiene infinitas partes. Amigo, no estamos hablando de si podemos partirlo tú o yo, que somos mortales. Imagínate a un dios: él tiene que ver toda la división del espacio, si la hay. ¿Qué crees que verá?
A.- ¿Ahora metes a los dioses? ¡Lo que nos faltaba! Mira, Zenón, no tengo tiempo que perder. Voy a aprender algo útil. (se va)

P.- Lo siento, Zenón. No sabía que éste era tan mal educado. Si lo llego a saber no le invito a que viniese. Me decía que tenía mucho interés en conocerte.
Z.- Sí. Y tiene un gran afán de saber la verdad, no lo dudes. Pero está incapacitado para la filosofía, al menos por ahora. Quizás eso sea una suerte para él…
P.- No lo creo, Zenón. Ni creo que vaya a dejar de darle vueltas cuando esté sólo. De hecho no calla. Pero dime a mí, por las buenas, ¿qué crees tú que demuestran tus inteligentes razonamientos completamente absurdos?
Z.- Pues, Calias, creo que demuestran una de dos: o que la realidad es completamente ilógica, o que no es como la vemos y nos la imaginamos ni se la imaginan los físicos y los matemáticos.
P.- Y ¿cómo es entonces?
Z.- De una manera que no se puede expresar y pensar sin parecer que caes en el absurdo. Bueno, te dejo, que he quedado con unos amigos.
P.- Muy bien, hasta pronto.
Z.- No, Calias, no sé si hasta pronto o hasta nunca… ¿No sabes que también el tiempo tiene a la vez infinitas partes y ninguna?

Se cuenta que Zenón fue detenido por participar en una conspiración para derrocar al tirano que había tomado el poder en la ciudad. El tirano le ordenó que delatase a los otros conspiradores y Zenón, entonces, se mordió la lengua con tanta fuerza que se la cortó, y después se la escupió al tirano. Un filósofo español, Agustín García Calvo (el de la foto -el que está sentado-), imagina una interpretación “simbólica” de esta leyenda. El tirano podría ser la Ciencia de la Realidad establecida, que nos intenta gobernar a todos e imponernos las leyes únicas. Zenón, el conspirador, sería quien ataca a ese tirano de la realidad de la ciencia: alguien que denuncia las contradicciones de lo que suponemos real. ¿Qué significaría arrancarse la lengua…? (Claro que otras versiones dicen que Zenón le pidió al tirano que se acercase para decirle al oído el nombre de sus cómplices y, cuando el tirano se acercó, Zenón le arrancó la oreja de un mordisco. Entonces un soldado del tirano mató a Zenón de una lanzada.

miércoles, 21 de abril de 2010

Cría cuervos. El Idealismo Alemán, hijo no deseado del ilustrado Kant

Ya se ha dicho: “de mis amigos me libre Dios, que de mis enemigos me encargo yo”. Kant mismo podría haberlo dicho.
Enseguida unos cuantos jóvenes inteligentísimos (o sin nada mejor que hacer) se entusiasmaron con la filosofía de Kant. Tanto la leían y releían que… le encontraron fallos. Aunque, claro, como buenos discípulos, prefirieron expresarlo diciendo que sólo estaban sacando las consecuencias necesarias de lo que el maestro debería haber dicho… Kant no estaba de acuerdo, pero ya no tuvo ganas de discutir mucho con jovenzuelos precipitados.

¿Qué fallos de Kant eran esos?

-Según Kant nuestro conocimiento no llega a las cosas en sí mismas, sino que somos seres limitados, condicionados: vemos las cosas según nuestra forma predeterminada o a priori, que es la sensibilidad y el entendimiento. De lo que está más allá de los sentidos no podemos decir nada, salvo que debe haberlas, para que pongan en movimiento nuestro conocimiento. Pero esto parece significar que las cosas en sí mismas (los noumena), al entrar en contacto con nosotros, provocan o causan nuestro conocimiento. ¡Claro! –pensareis- ¿qué tiene eso de extraño?
Pues tiene que, según el propio Kant, la noción de ‘causa’ es una de nuestras categorías o conceptos a priori, vacíos, que sólo podemos usar para referirnos a lo que se da en la sensibilidad. Así que NO PODEMOS USAR LA NOCIÓN DE CAUSA PARA REFERIRNOS A LAS COSAS MISMAS O A SU INFLUENCIA EN NOSOTROS.
Tampoco podemos usar para ellas (o ella, o ello… porque no podemos saber si el noúmeno es singular o plural) los conceptos de ‘existencia’, ‘unidad’, ‘pluralidad’… No podemos decir nada de ella/o(s). Así que son NADA DE NADA.

-Otro fallo (al menos aparente) de la filosofía de Kant es que hablaba de muchas cosas de las que, según ella misma, no se podía hablar: sobre todo, del Yo. ¿Qué experiencia podemos tener del yo abstracto y de sus categorías? Kant creía que esto era simplemente analizar nuestro conocimiento, que el sujeto no era un ser o sustancia.

Esos jóvenes no están de acuerdo, ni con la existencia de cosas fuera del Sujeto, ni con que el Sujeto sea nada. Las cosas en sí, fuera del sujeto, son pura nada; el Sujeto (el Yo) lo es todo. A esto se le llama IDEALISMO ABSOLUTO, o simplemente Idealismo (Alemán: es un producto típicamente alemán, como las salchichas).

El Idealismo da, pues, el paso que Kant no hubiera dado jamás (sin dejar de ser Kant): todo, no sólo la forma del conocimiento, sino también el contenido, todo, es producto del Sujeto, del Yo. Nada hay fuera del Sujeto Universal. No sólo el Sujeto es algo real, sino que es todo lo real. A este ser total y único lo llamará Hegel el Espíritu Absoluto.

(Hegel, el más importante de los idealistas alemanes –valga la redundancia-, es, por cierto, el filósofo al que todo el mundo debe nombrar cuando quiera insultar a alguien. Si tu amigo se está haciendo un lío, puedes decirle “pareces Hegel”, y te quedas tan ancho. Si no entiendes a alguien, lo mismo, con llamarle Hegel queda instantáneamente refutado. -Por supuesto, esta posibilidad es inversamente proporcional al grado de lectura atenta que se haga de Hegel-).

El Espíritu Absoluto, según Hegel, lo es todo, pero Él (el Espíritu Absoluto, se entiende) se va presentando por partes o momentos a lo largo de la Historia. Su movimiento universal tiene tres fases o momentos:

-Primero se presenta como noción abstracta, general, vacía (tesis)

-En segundo lugar, dado que lo abstracto está incompleto y vacío, surge la noción de lo particular, lo contingente, (momento negativo, o antítesis).

-Por último, el Espíritu se presenta como la unión o “armonía” de los dos momentos anteriores, como Individuo Absoluto (no relativo), completo (síntesis).

Todo este movimiento es lo que Hegel llama Dialéctica, porque se basa en la contradicción. Al contrario que Kant, Hegel cree que la dialéctica no es un problema, sino el verdadero funcionamiento del Espíritu cuando no se reduce, como en las Ciencias, a un conocimiento limitado y fragmentario. La Dialéctica acaba superando las contradicciones en una unidad superior, y eso es el progreso, que tiene como meta el Absoluto.



Veamos algunos ejemplos:

-La propia realidad es una síntesis de Ser y Nada. Ser es Todo (todo es). Pero es, a la vez, nada, porque el Ser es ninguno de los seres en concreto. Así que Ser y Nada son lo mismo, visto desde el lado positivo y el negativo. Cuando los "juntamos" ambos, con un sobreesfuezo mental que se llama filosofía, surge el Cambio, el Universal Devenir.
 -En la Política, la Historia Humana
a) empieza con un Estado absoluto, en que los individuos no pintan nada, no existen, no son más que esclavos de esa abstracción que es el Estado (por ejemplo, en la China Antigua, o en Egipto).

b) Pero el hombre no puede soportar esa situación abstracta y reclama su libertad individual. Esto pasó en Grecia, con la llegada de la democracia. Y, más recientemente (en el siglo XVIII) con el final de las monarquías absolutas)

c) La situación más perfecta no es ni una ni otra, ni el estatalismo ni el anarquismo, sino la síntesis, en la cual el individuo se da cuenta que sólo es realmente libre viviendo en un Estado en que la Unidad no excluya la Singularidad de los ciudadanos. Según Hegel, esto se ha alcanzado en su época, con la monarquía constitucional!

-Otro ejemplo: el desarrollo de un individuo humano

a) Un niño es un individuo sin libertad, que vive en la fantasía y recibe todas sus normas de conducta desde arriba. No tiene sentido de la personalidad propia, de su Yo.

b) Un adolescente se rebela contra eso y reclama su individualidad. Pero lo lleva hasta el extremo contrario, rechazando todo lo demás.

c) El adulto es el que debe integrar los dos aspectos, su individualidad y su vida en sociedad (familia, estado).

El problema que se les plantea a los idealistas es el mismo que a los que decían que Dios, el ser Perfecto, ha creado el mundo, que es imperfecto. ¿Por qué el Espíritu Absoluto se puso a moverse, dando lugar a la Historia? ¿Por qué no se estuvo quietecito, en su absolutez e infinitud, y dió lugar a esta tragicomedia que acaba reabsorviéndose allí de donde salió?

Con el idealismo vuelven las viejas ideas metafísicas, aunque vestidas a veces con otros trajes, más a la moda. Por ejemplo, Hegel cree completamente válido el Argumento Ontológico: este razonamiento no hace más que seguir el movimiento del Espíritu (que cada uno llevamos dentro) por el cual no podemos quedarnos en lo pasajero y contingente, sin buscar una fundamento absoluto para la realidad. Por supuesto, el Espíritu Absoluto de Hegel (dentro del cual existe todo lo que existe, incluido tú) es el antiguo Dios. Por eso a Hegel se le llama a menudo Panteísta, que es el que afirma que todo lo que existe es sólo Dios.

La intención kantiana de acabar con las discusiones metafísicas y traer la paz al pensamiento duró poquísimo. Aunque quizás Kant, como creía él mismo, sólo influiría lo que debería influir, pasados unos siglos, cuando la humanidad estuviese madura para entenderle.

¿Es el Idealismo una consecuencia necesaria y lógica a la filosofía kantiana?

domingo, 4 de abril de 2010

Volando en el vacío. (Entreacto segundo) (Kant IV)

Dialéctica: pensar mucho en nada para querer saberlo todo

Según hemos visto, aunque no somos una tabla rasa nuestros conceptos “a priori” y nuestra sensibilidad espacio-temporal son puras formas vacías, y sólo funcionan si reciben una “influencia” externa, que proporcione la materia u ocasión del conocimiento.

Usando la metáfora del ordenador, nuestro disco duro contiene programas en sí mismo, pero estos programas no funcionan sin que llegue información externa al ordenador (lo inadecuado de la metáfora es que en nosotros el propio espacio y tiempo son parte del programa, así que lo que hay fuera ¡no puede ser físico!).

Pero la razón humana no se conforma con los fenómenos naturales, sino que intenta unificar todo nuestro conocimiento y remontarse al principio y por qué de Todo. En ese viaje la Razón abandona la compañía de la experiencia, y cree que, usando sólo conceptos, puede saber algo de las cosas en sí mismas (noumena), más allá de cómo se presentan a nuestra sensibilidad, es decir, más allá de los fenómenos (como ave, dice Kant, que creyese que puede volar mejor en el vacío).

En esto consiste la Metafísica, que afirma que Yo soy una sustancia inmaterial (Alma), que actúo libremente en el mundo (Libertad) y que tiene que existir un ser absolutamente perfecto que sea el fundamento de todo (Dios).
Pero, según Kant, este salto es mortal (y no inmortal, como cree el metafísico), porque sin la ayuda de la experiencia, la Razón no puede darle ningún contenido a sus Ideas. Entonces, aunque cree que descubre algo trascendente, lo único que hace nuestra pobre Razón pura es caer en ilusiones “trascendentales”, en razonamientos aparentes.

Estas ilusiones (Dialéctica) son de tres tipos, según la Idea de la que traten:

La ilusión del Alma (paralogismos)

La Metafísica (ese supuesto conocimiento que va más allá de los sentidos), dice “Pienso, luego existo”. Y de aquí saca que somos sustancias no materiales, inmortales, etc.

Según Kant aquí se razona incorrectamente, pues “Yo pienso” es un conocimiento puramente lógico (lógico-trascendental), que significa que todo juicio presupone una unidad formal del Sujeto que juzga. En cambio “yo soy una sustancia pensante” toma la palabra Yo en un sentido sustancial o real, no simplemente lógico. Pero ¿qué podemos saber nosotros de una sustancia así? La sustancia (una de las categorías de relación) es algo que permanece a través de los cambios, y sólo de los cuerpos que cambian de cualidad podemos entenderla nosotros: no podemos hacernos ninguna idea de una sustancia sin cambios. Así que la Metafísica no demuestra que existe el Alma (ni que es inmortal ni todo lo demás, claro está).

La ilusión de Todo (las antinomias)

Cuando buscamos las causas no de este o aquel suceso, sino de todo el universo, creemos que podemos preguntarnos y contestarnos cosas como de dónde surgió el mundo, si es finito o infinito, o si en él existen causas libres (las propias de las personas) y no todo ocurre ciegamente.
Pero la Razón pura no logra demostrar nada de esto, porque puede demostrarse a la vez tanto una cosa como su contraria (antinomia).

Por ejemplo ¿tuvo el Universo un principio en el tiempo, o tiene un límite en el espacio?
-Sí, porque si no iríamos al infinito, y un infinito no puede existir.
-No, porque si tiene límites estará limitado por la nada.

La más importante de estas antinomias es la referida a la Libertad. Puede demostrarse que existe y que no existe libertad en el mundo.
-¿Quieres demostrar que no existe? Date cuenta de que todo sigue unas leyes matemáticas (aunque sean las del azar), y aquí no hay sitio para la libertad: ciencia natural y libertad son incompatibles. Si yo pudiera cambiar el curso de las cosas, la ciencia se iría al garete.
-¿Quieres demostrar que sí existe la libertad? Date cuenta de que si todo estuviese determinado, debería estar determinado que todo está determinado, y así caerías en un proceso infinito de causas determinadas: no todo puede estar determinado, algo ha tenido que ocurrir espontáneamente: el propio principio de todas las causas.

La ilusión del Ser Perfecto (el Ideal)

La razón busca, por último, un ser que contenga todas las perfecciones, una sustancia que no sea contingente sino Necesaria. Los argumentos a favor de la existencia de Dios son tres, según Kant:
-Que el mundo es bello y ordenado (físico-teológico)
-Que el mundo tiene que tener una causa (Cosmológico)
-Que el concepto de perfección implica la existencia (Argumento ontológico, el que dio san Anselmo)
Pero los dos primeros reposan en el último, porque si no suponemos como causa primera un ser perfecto siempre nos preguntaremos de dónde salió un ser no completamente perfecto.
Pero el concepto de Ser Perfecto es un simple Ideal de la razón, es decir, un individuo que la razón supone sólo para encontrar reposo en su búsqueda de unidad perfecta. En verdad no podemos demostrar que exista, porque “existir” no es una propiedad, no añade nada al conjunto de características de una cosa (como creían los racionalistas, partidarios del argumento ontológico); existir es una simple “modalidad del juicio” (como la posibilidad o la necesidad), por la cual sólo señalo que aquello de lo que hablo se me está dando. Pero a mí las únicas cosas que se me están “dando” son las de la sensibilidad, y aquí no voy a encontrar un ser perfecto, lo puedo dar por seguro.

Agnosticismo contra ateísmo

Cualquiera diría que (si tiene razón en sus argumentos) Kant ha arrasado con el más allá de las religiones y los filósofos antiguos…
Él, en cambio, piensa que este resultado no es tan malo como podría parecer para los intereses de la fe. Para empezar, dice, nos hemos cargado al ateísmo, porque si bien no podemos demostrar que existen el alma, la libertad o Dios, tampoco podemos demostrar lo contrario. La única respuesta del científico ante esos asuntos debe ser: “no puedo decir nada sobre eso”.
Ahora bien, diría el ateo: “¿Para qué vamos a suponer causas que no nos ayudan a explicar nada? Si puedo explicarlo todo sin almas, dioses ni libertades, olvidémonos de esos seres como hicimos con Zeus o Poseidón”.
Cierto, siempre y cuando no haya otro terreno de la vida humana donde creer en esos seres inteligibles (Dios, Alma y Libertad) sea más coherente que no creer en ellos.
¿Hay algo así?
Kant cree que lo hay: la moral. Lo que ha hecho la Crítica de la Razón pura ha sido quitar de las manos del Conocimiento todo lo relacionado con lo inmaterial. Pero es que el Conocimiento trata de cosas que, en sí mismas, no tienen ningún valor.
El valor de las cosas no viene del conocimiento, sino de la voluntad. Eso queda para el otro uso de la Razón, el uso práctico o moral.

¿Te parece que los argumentos de Kant acaban con la Metafísica?

sábado, 27 de marzo de 2010

Juicio a la razón, primera parte (Kant II)

Hay cierta expectación a las puertas del juzgado. Hoy comienza el juicio contra un personaje muy respetado e ilustre, en quien muchos habían depositado una gran confianza, y algunos, incluso, todos sus ahorros espirituales. Se llama Razón Humana.

El fiscal presenta cargos graves contra ella: en pocas palabras, la acusa de haber invadido funciones que no le corresponden, y haber ejercido de monarca absoluta, imponiendo su autoridad sobre la Ciencia y la Moral. El juicio se celebra en la sede de los Juzgados Trascendentales, en la pequeña ciudad de Köninsberg.
La jueza, a la que no se puede ver la cara porque está en penumbra, lee los cargos que se presentan contra la acusada:

-Señora Doña Razón Humana, funcionaria consejera principal del Estado, se le acusa de haberse extralimitado en sus funciones y haber ejercido una influencia despótica e injustificada sobre los otros funcionarios, tanto en el Ministerio del Conocimiento como en el Ministerio de Decisiones, Deseos y Buenas Obras. Dividiremos este juicio en dos sesiones: trataremos primero de sus presuntos delitos en el Ministerio del Conocimiento. ¿Tiene la acusada algo que declarar al respecto?
Razón.- Toda mi vida llevo trabajando por el ser humano, intentando iluminarle y hacerle libre de la ignorancia, su peor enemigo. Yo he buscado el sentido de su vida y de sus actos. Eso es todo lo que tengo que decir.
Jueza.- Pueden interrogarla el fiscal y la defensa.

(la Razón y la Ciencia)

Fiscal.- Señora razón, ¿no es cierto que usted afirma que conoce la auténtica realidad de las cosas, y muestra a menudo desprecio por lo que hace la señora Ciencia, de la cual usted debía ser consejera?
Razón.- La ciencia sin mí no es nada, es más: no es nada, aparte de mí. Yo se lo doy todo.
Fiscal.- Y ¿cómo explica usted que, mientras ha durado su despótico dominio, no hayamos avanzado ni un palmo, y que ni su propio hijo, la Metafísica, el que dio a luz siendo usted aún virgen, no se ponga de acuerdo ni consigo mismo? ¿Y, en cambio, desde que la Ciencia se ha decidido a sacudirse su yugo, hemos hecho más progresos que en toda la historia?
Razón.- Los temas que yo trato a solas son muy difíciles y principales; la ciencia sólo avanza en cosas minúsculas, relacionadas con la tecnología.

Fiscal.- Señoría, quisiera llamar a declarar a doña Ciencia.
Jueza.- Que entre doña Ciencia.

(Entra y jura decir la verdad)

Fiscal.- Señora Ciencia, ¿puede decirnos a qué se dedica?
Ciencia.- Intento conocer la Naturaleza, o sea, cómo funcionan las cosas.
Fiscal.- ¿Qué ayuda podría y debería prestarle la acusada, la Razón, en su importante labor?
Ciencia.- Bueno, ella está encargada de acompañar a los Sentidos y presentarle hipótesis generales, formas de organizar lo que aprendemos.
Fiscal.- ¿Ha estorbado alguna vez la señora Razón su trabajo?
Ciencia.- Lo cierto es que a veces se pone a hacer afirmaciones gratuitas, pretendiendo decirme cómo son las cosas sin atenerse a los datos ni probarlo experimentalmente. Normalmente lo único que hace cuando se pone en ese plan es distraerme, pero a veces, cuando se junta con la directora de la Asociación de Esperanzas Infinitas, me refiero a doña Teología, llegan a intentar impedirme mi trabajo. Dicen que yo ataco todo lo que nuestros antepasados nos habían mandado creer.
Fiscal.- Muchas gracias.

(Se sienta. Interroga la Defensa de la Razón)

Defensa.- ¿No es cierto, señora Ciencia, que lo que usted llama "conocer el mundo" se limita a observar las apariencias, y medirlas y pesarlas?
Ciencia.- Observo lo que veo, claro.
Defensa.- Lo que ve con sus ojos, ¿verdad? Y ¿no es verdad que usted no es siquiera capaz de distinguir si lo que ve es una ilusión o la verdad?
Ciencia.- ¡Eso me dice a veces la Razón! Pero ¿¡qué sé yo de eso!? Distinguir sueño de realidad lo sabe hacer cualquiera. Yo, por lo menos, digo que acerca de si las cosas son o no como podamos verlas, no tengo nada que decir. Sólo quiero que no se metan en mi trabajo.
Defensa.- ¿No es verdad, doña Ciencia, que la razón va, ella sola, descubriendo la matemática, y que sin ella usted no podría dar un paso?
Ciencia.- Ahí sí me es de gran utilidad la acusada. Para mí la matemática es, por decirlo así, mi lenguaje. O, mejor aún, las reglas de mi lenguaje. Pero el contenido de las palabras tengo que sacarlo del mundo mismo, no de la Razón. Eso es lo que ella se empeña en no reconocer.
Defensa.- Y ¿qué tiene usted que decirnos sobre el sentido de la vida humana, sobre nuestro destino y todo eso?
Ciencia.- Nada de nada. Yo sólo hablo de lo que sé.
Defensa.- Y ¿por qué niega usted que la Razón nos pueda decir algo al respecto?
Ciencia.- Creo que me está usted confundiendo con el fiscal: yo no digo que ella no tenga nada que decir, lo que digo es que ella no es Ciencia, no se atiene a lo comprobable. Sólo pido que respete mi trabajo.
Defensa.- Muchas gracias.

(La Metafísica: dialéctica de la razón)

Fiscal.- Señoría, quisiera llamar a declarar a don Hilemorfinez el Metafísico, el hijo de doña Razón Pura, porque lo tuvo siendo ella aún virgen.

(Entra en la sala el Metafísico, un personaje estrafalario que lleva una cara de frente y otra en la nuca, como si fuesen dos hermanos siameses pegados por la espalda. Jura decir la verdad).

Fiscal.- ¿A qué se dedica usted?
Hilemorfinez de frente.- Soy metafísico, de nacimiento. Me dedico a investigar lo más importante, lo que no puede verse con los ojos, sino sólo con la mente pura.
Fiscal.- ¿De dónde saca usted todo su presunto conocimiento?
Hilemorfinez.- Lo heredé de mi madre. Si tengo alguna duda, le pregunto a ella, que guarda todos los recuerdos en el cajón de la cómoda.
La espalda de Hilemorfez.- ¡Tú no sabes nada de nada! ¡Eres un ignorante engreido!
Hilemorfinez.- No le hagan caso, es mi espalda, una maldita sombra que se llama Materialismo, una tara de nacimiento. ¡Señor, qué habré hecho para merecer esto!

Fiscal.- Señora jueza, quiero demostrarle que todo lo que dice este hombre son puras ilusiones, y que ni él se pone de acuerdo consigo mismo.
Jueza.- Proceda.
Fiscal.- Veamos: Usted afirma que los humanos somos almas inmortales, seres inmateriales, ¿no es así?
Hilemorfinez.- Lo afirmo rotundamente. Si pienso, existo. Y como puedo separar la idea de pensamiento de la de cuerpo, sé que el pensamiento es algo independiente. Además es inmortal, puesto que sabe cosas eternas, como los números.
Hilemorfinez-espalda.- ¡Qué estupidez! Tú no has visto nunca un alma, ni la verás. Lo único que sabes es que piensas, pero eso lo hace tu cerebro. Estás más vacío que mis bolsillos.

Fiscal.- Veamos otro ejemplo: ¿dice usted que somos libres en nuestros actos?
Hilemorfinez.- Por supuesto (si no ¿cómo podríamos ser juzgados y culpados?). Tiene que haber una causa libre, no todo puede estar determinado, porque así iríamos al infinito…
Hilemorfinez-espalda.- ¡Tonterías! No hay nada libre: todo está hecho de átomos, incluido tu cerebro, y los átomos se mueven según leyes que nadie puede cambiar. Hasta si fuese cierto que pasan cosas por azar, eso no sería nada parecido a la libertad.

Fiscal.- Última prueba, señoría: Afirma usted, Hilemorfinez, que existe una Persona Infinitamente Perfecta y Todopoderosa…
Hilemorfinez.- Por supuesto: su existencia se deduce de su esencia, o sea de la idea de Perfección.
Hilemorfinez-espalda.- ¡Lo que se deduce es la inexistencia de tu cerebro! ¿Cómo vas a sacar una cosa de sólo una idea? Decir que algo existe no es decir nada, si no dices dónde está y cómo comprobarlo (Se ponen a discutir sin parar).
Fiscal.- No tengo más preguntas. Creo, señoría, que es evidente que no hay cosa en la que éste, el niño mimado de la acusada, esté de acuerdo consigo mismo. Lleva así desde que nació, y no hay visos de que vaya a mejorar. Sinceramente, señoría, creo que necesita atención médica. Y su estado es fruto de la procreación virginal de la acusada, que quiso tener hijos sin comercio carnal.

Jueza.- Tiene la palabra la defensa.

Defensa.- Señor Hilemorfinez, ¿a qué atribuye usted esas desavenencias entre su rostro y su espalda?
Hilemorfinez.- A que mi tarea es muy difícil, y este engendro que me cuelga de nacimiento, el Materialismo, es difícil de reducir. Pero estoy tomando medicaciones que ha elaborado mi madre, muy potentes en racionalina y analiticoides, y creo que pronto estaré bien.
La espalda de Hilemorfinez.- ¡Ni te creas que te vas a deshacer de mí, loco! ¡Algún día serás tú el que esté en el museo de momias!

(Hilemorfinez se pone a discutir con su espalda sin parar; tienen que desalojarlo de la sala. Fiscal y Defensa presentan sus conclusiones).

Fiscal.- Creo que ha quedado demostrado que la acusada no sabe nada de lo que dice saber por sí sola, y ha invadido funciones que no le corresponden, con premeditación y usando de la mentira. Con ello ha impedido o retrasado el progreso de la Humanidad, estorbando el trabajo de la Ciencia, a la que debía servir. Pido que se le quiten todos los poderes que ha ido acumulando, que se le ordene no acercarse jamás a la Teología y que su hijo, Hilemorfinez, sea recluido en un sanatorio, donde reciba la atención necesaria.

Defensa.- Señoría, es evidente que los cargos que se le imputan a mi defendida son injustos y proceden de la soberbia de ciertos revolucionarios modernos, adoradores de la Ciencia, que no quieren reconocer a nadie por encima de ellos, aunque sea a su propia madre, la Razón. Pido que no sólo se la absuelva de los cargos, sino que se le reconozca oficial y definitivamente su lugar principal en nuestro Estado.

(La jueza se ausenta un momento, y vuelve para dictar sentencia:)

Fallo de la Jueza.- Oídas a las partes, fallamos lo siguiente: Encontramos a la acusada, culpable de haberse extralimitado en sus funciones para el Ministerio de Conocimiento. Ha quedado en evidencia que ella no posee ningún conocimiento concreto, sino que se limita a ser pura forma, que necesita la información de los sentidos. Es verdad que ella ha elaborado nuestra mejor herramienta de conocimiento, la matemática, pero lo ha hecho porque, sin confesarlo y hasta sin saberlo ella misma, conocía las características generales de nuestro campo de los sentidos, ya que la forma de la experiencia, que es el espacio y el tiempo, la ponemos nosotros a priori, no son características de las cosas en sí mismas, de las cuales no podemos saber nada. Es verdad que la Ciencia no estudia más que los fenómenos, pero para nosotros, seres limitados, no hay más conocimiento que ese.

En cuanto a los demás conceptos racionales, tales como Unidad, Sustancia, Causa y similares, de los que presume la Razón, ha quedado probado que sólo tienen utilidad si son usados por la señora Ciencia.
En lo sucesivo, pues, la Razón permanecerá alejada para siempre de la Teología, y se limitará a prestar sus servicios a la Ciencia, y, como mucho, presentarle ideas muy generales (ideales regulativos) por si le sirven de pista a la Ciencia para seguir investigando las leyes más generales posibles sobre el mundo.
Pero como sabemos que es inevitable que la Razón caiga nuevamente en su error, porque por naturaleza y bienintencionadamente ella siempre busca la mayor unidad posible, la condenamos únicamente a que relea esta sentencia cada mañana antes de desayunar.
En cuanto a su hijo el Metafísico, sugerimos que sea tratado médicamente, hasta eliminar su doble personalidad, y se le emplee luego como mensajero de conceptos muy generales entre la Razón y el departamento de Ciencias, permitiéndosele que conserve el noble nombre de metafísico.
La vista de los demás cargos se aplaza para mañana. Se levanta la sesión.

¿Estás de acuerdo con la sentencia? ¿La recurrirías? ¿Con qué argumentos?

jueves, 1 de octubre de 2009

Heráclito, la oscuridad luminosa

Heráclito es, creo yo, el filósofo más filosófico de todo el periodo anterior a Platón, y probablemente de toda la historia. Se dedicó a la filosofía, en cuerpo y alma. A diferencia de Tales y de otros contemporáneos suyos, no dijo nada (ni probablemente le interesó gran cosa) sobre lo que hoy llamaríamos ciencia.

Escribió de forma enigmática, aforismos, es decir, textos breves con mucho significado, y llenos de ironía y doble sentido. Que nadie se crea que se acerca a estos asuntos con el sano sentido común y puede entender algo, porque lo que piensa Heráclito va, casi de frente, contra el sentido común. Al fin y al cabo, si el pobre sentido común fuese adecuado no habría problemas filosóficos. (“El sentido común no es más que el más común de los sentidos”, dijo Russell).

Se cuenta de Heráclito que era bastante arrogante y no disimulaba el desprecio que le provocaban los pensamientos y las ocupaciones de sus conciudadanos. Un día estaba jugando con unos niños, y como vio que los adultos le miraban con sorpresa e incredulidad, les dijo: “¿qué pasa? ¿No es mejor hacer esto que ocuparse con vosotros de vuestra política?”. Sus conciudadanos, pese al desprecio que mostraba por ellos, le tenían mucho respeto como sabio, y le llegaron a encargar que hiciese unas leyes para la ciudad, pero él se negó, porque, decía, estaban ya tan mal acostumbrados, que era imposible arreglar sus vidas fácilmente. O sea, era lo que hoy se llamaría un auténtico borde.
Según cuenta alguien, llegó a irse a vivir al monte y comer hierba. De joven decía no saber nada,
pero de viejo decía que había llegado a saberlo todo. Y todo por su cuenta, porque su carácter independiente le hizo rehuir toda escuela. Dijo: “me he dedicado a conocerme a mí mismo”. Escribió un libro, llamado “De la Naturaleza de las cosas” (peri physeos), dividido, al parecer, en tres partes, la primera que trataba sobre el cosmos, la segunda sobre política y la tercera sobre Dios. Sólo nos quedan fragmentos que citan otros autores posteriores.

Pero ¿qué es lo que pensaba Heráclito, o, por lo menos, qué es lo que podemos intuir a través de sus palabras?

La Razón común


Primero, pensaba que la realidad está toda regida por una única Razón (Logos, decía él, en griego), a la que identificaba con el Fuego. Este Logos-Fuego es único y eterno, y todas las cosas son meras manifestaciones suyas. Aunque nosotros, por nuestra ignorancia, vivimos cada uno como en un mundo propio, sin conocer esa Ley común. Por eso, según Heráclito, la mayoría de nosotros (quizás todos menos él y poquísimos más) vivimos “soñando”:

“Debemos seguir lo común; sin embargo, a pesar de que la razón es lo común, los más viven como si fueran poseedores de sabiduría propia”.

“Si atienden no a mí sino a la Razón, estarán de acuerdo en que la sabiduría consiste en que uno es todo”.

Esto, llevado a la política significa (creía Heráclito) que existe una sola Ley natural, y sabio es el que conoce esa Ley, y lo justo no es más que seguir esa ley, y organizar nuestra vida de acuerdo con ella. Por eso la política no consiste en la opinión de la mayoría, que vive soñando, sino de muy pocos. Por eso, se dice que Heráclito era partidario de la “aristocracia”:

“Uno para mí es como mil si es el mejor”, dijo.

Hasta aquí, como podréis comprobar, su pensamiento no es muy original (ni tan distinto del de Parménides, como se suele decir). Pero el otro aspecto de su filosofía es más interesante y profundo:

Los contrarios y la armonía

Muchos filósofos antiguos iban a defender, antes y después de Heráclito, que las cosas están hechas de los contrarios (ser y no-ser, átomos y vacío, luz y oscuridad…) Pero Heráclito lo que dice es que los Contrarios son lo Mismo. O sea:

-No es sólo que no puede existir un contrario sin el otro (la luz sin oscuridad, lo alto sin lo bajo, el placer sin el dolor…)

“Los contrarios se ponen de acuerdo y de lo diverso, la más hermosa armonía, pues todas las cosas se originan en la discordia”.

-Ni quiere decir sólo (aunque también) que los propios contrarios se convierten uno en el otro,

“Lo frío se calienta, lo cálido se enfría, lo húmedo se seca, lo seco se humedece”.

(Esto no nos llama normalmente la atención, porque vivimos en la ensoñación del sentido común, pero ¿cómo puede ser que una cosa se convierte en su contraria? Y la verdad, sin embargo, es que una cosa sólo puede convertirse en su contraria, no en otra alguna, ni menos aún en sí misma –por ejemplo, si dejo de estar sentado, estoy de pie, pero eso es no-sentado).

-Tampoco quería decir solamente (aunque esto es ya más profundo todavía) que lo más parecido a una cosa es justamente su contraria:


¿Qué se parecen más entre sí, lo blanco a lo negro, lo blanco a lo rojo o lo blanco a la patata? Entre blanco y patata no hay apenas contrariedad (una patata puede ser blanca) pero, por eso, tampoco hay mucha relación ni parecido. Lo blanco y lo rojo se parecen más, porque son colores, aunque precisamente por eso se oponen más, y una cosa no puede ser a la vez blanca y roja. Aunque no se oponen totalmente (lo rojo puede ser más o menos claro, por ejemplo) y precisamente por eso no tienen tanto en común. Lo blanco y lo negro son los verdaderos contrarios, y se definen uno por oposición al otro, pero por eso lo comparten casi todo ¿o todo?

-Lo que Heráclito se atrevió a pensar, y a decir (aunque de forma velada, para que los que no quieren saber nada del asunto no metan demasiado sus narices y no se escandalicen) es que una cosa y su contraria son exactamente la misma:

Algunos ejemplos:

Imaginad un blanco absoluto, y os resultará tan cegador que se hará negro. O un negro totalmente negro, y os parecerá brillante y luminoso, blanco.
¿Qué se parece más a una alegría desbordada, sino una gran tristeza?
¿Qué se parece más entre sí que uno de extrema derecha y uno de extrema izquierda?
Y ¿qué se parece más entre sí que Ser y Nada? Ser es lo que tienen en común todos los seres. Pero ¿qué tienen en común todos, absolutamente todos los seres? Nada.
Piensa en la Identidad misma, y la Diferencia misma. ¿No son entre sí al mismo tiempo las cosas más diferentes (no hay nada más diferente que la diferencia misma) y precisamente por eso las más idénticas (son totalmente iguales en ser totalmente diferentes).

Palabras suyas

"El bien y el mal son uno".

"El camino hacia arriba y el camino hacia abajo son uno y el mismo".

"El Dios es día y noche, invierno y verano, guerra y paz, hartura y hambre; pero adopta diversas formas, al igual que el fuego cuando se mezcla con especias, que toman el nombre de acuerdo a la fragancia de cada una de ellas".


A este pensamiento, totalmente absurdo para el sentido común y la ciencia, a esta locura de que los contrarios son lo mismo, se le llama Dialéctica. Posiblemente la filosofía es, en el fondo, dialéctica, y por eso jamás habrá una única posición filosófica en ningún tema (aunque, claro, tampoco habrá nunca acuerdo entre filósofos precisamente en eso, en que la filosofía es dialéctica).

En la antigüedad se le llamó “oscuro” precisamente por la gran luz y claridad que tiene su pensamiento. Como dijeron después Platón y Aristóteles, la claridad a la que no estamos acostumbrados, nos ciega.

¿Has sentido o pensado alguna vez que tu mayor contrario (tu enemigo, digamos) eres TÚ MISMO? Piénsalo. ¿En qué os diferenciáis? ¿Podrías existir tú sin él? Y ¿cuando cambias, no te conviertes en él? Es más, ¿no eres ya, ahora mismo, él mismo…?

¿Conoces ejemplos de situaciones vitales que parezcan demostrar que una cosa, cuando se toma de forma exagerada o “pura”, es indistinguible (o casi) de su contrario?