-No des a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza.
-¿Por qué?
-Porque no hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. El alma no conserva ningún conocimiento que haya entrado en ella por la fuerza.
-Cierto.
-No emplees, pues, la fuerza, mi buen amigo, para instruir a los niños; que se eduquen jugando, y así podrás también conocer mejor para qué está dotado cada uno de ellos.
(Platón)

jueves, 17 de marzo de 2016

La vida enferma (Nietzsche I)

Informe clínico-metafísico, por el meta-doctor Nietzsche, fisiólogo, psicólogo y genealogista de las Ideas.

Datos del paciente:

Nombre: Hombre
Apellidos: Europeo
Edad: Moderna, según él (o sea, de avanzada edad).
Sexo: más varón que hembra (la “mujer” es una creación de sus delirios enfermizos).

Síntomatología:

El paciente presenta decaimiento y fuertes dolores.
Dice aburrirse y tener angustia.
Se observan salpullidos de vulgaridad por todo su cuerpo.
En la fase más avanzada de la enfermedad sostiene que ya todo le da igual, que se aburre con todo y que si no se suicida es sólo por pereza.

Analítica clínica:

En una primera fase de análisis psicosomático llevado a cabo en el paciente, se encuentra las siguientes causas “internas” de la enfermedad: División de la realidad y fe metafísica. El paciente “vive” (o malvive) creyendo que existen dos mundos, o que el mundo está dividido en dos. Creemos vivir, según él, en un mundo de fenómenos, en que todo cambia, todo pasa, nada permanece mucho tiempo igual. Pero en realidad, sigue diciendo, nuestras esencias o ideas son eternas e inmutables, y no se pueden ver con los ojos ni oler con las narices.
Por más que se le habla, el paciente apenas es capaz de comprender que las ideas no existen, son simples signos utilizados metafóricamente. Padece una ilusión muy viva.
El paciente cree, además, que él es alguien persistente a lo largo del tiempo, cree en su Yo.
Por supuesto, todo esto le hace vivir continuamente fuera de sí, más en el pasado o en el futuro (que son simples construcciones ideales suyas) que en el presente.

Investigando más a fondo, encontramos lo siguiente como origen de su enfermedad metafísica: El paciente lleva toda su vida padeciendo miedos a la vida. No ha sabido adaptarse al riesgo que supone estar vivo, ha querido tenerlo todo previsto y congelado, como si estuviese muerto. Esto le ha provocado el tumor metafísico-religioso, que en su fase más avanzada se llama Cristianismo, y que consiste en creer real justo lo contrario de lo que es real, y tomar por malo justo lo que es saludable y por bueno lo que es nocivo.
Así ha llegado a despreciar el alimento, el sexo, la lucha, el dolor. ¡Afirma creer que todos somos iguales, y tenemos el mismo derecho a vivir! (caso claro de aborregamiento).

Diagnóstico:

Se le diagnostica NIHILISMO agudo. Ha perdido el sentido de la Vida, se ha quedado sin Voluntad, o, digamos, su voluntad es extremadamente débil y enfermiza, incapaz de vivir.

Prescripción facultativa:

Se le prescribe que:
-en primer lugar, se tome el diurético “muerte de Dios”, tres veces al día, antes de cada comida, hasta que expulse todo resto de fe.
-simultáneamente, será sometido a extirpación de los tumores metafísicos que le han crecido por todo el cuerpo, especialmente en la cabeza.
-una vez esto le haya hecho efecto, y esté limpio de toda esperanza sobrenatural, se le someterá a rehabilitación vital, mediante terapia de Ultrahumanidad (consistente básicamente en tener que andar por sí mismo, sin muletas espirituales) y de sano EGOÍSMO.
-por último, cuando su voluntad esté algo más fortalecida, se le implantará un nuevo corazón de la marca ETERNO RETORNO, con el cual llegue a amar todos y cada uno de los momentos de su vida y a ser afirmativo en todos sus instantes.




Friedrich Nietzsche fue un pensador alemán, que vivió entre los años 1844 y 1900. Desde joven fue un apasionado del conocimiento en su sentido más profundo, y, aunque padeció toda su vida muchos dolores físicos debidos a una dolencia cerebral (que le hacía a veces desear la muerte y le acabaría dejando mentalmente inválido los últimos nueve años de su vida), se hizo cargo de los problemas más fundamentales de la humanidad y de los pensamientos más “peligrosos” y “abismales” pensados en los últimos ciento y pico años.


De la pasión con que se dedicó al conocimiento del hombre y de su destino, valgan estas líneas de una carta que escribió a un amigo:


"¡Por fin, mi querido y buen amigo! El sol de agosto luce ya sobre nosotros; el año camina hacia su ocaso y sobre las montañas y los bosques todo se hace más tranquilo y silencioso. Han surgido en mi horizonte ideas nunca vistas, pero no quiero dejar percibir nada de ellas y quiero conservarme yo mismo en una indestructible tranquilidad. ¡Tendré que vivir todavía algunos años! Cuando tales ideas llegan a mi cerebro, mi querido amigo, llega también la de que vivo una vida muy peligrosa y que pertenezco a aquellas máquinas que pueden romperse. Lo intenso de mi sensibilidad me produce espanto y risa. Ya me he visto imposibilitado, algunos días, de abandonar mi cuarto por el risible motivo de que mis ojos estaban inflamados. ¿Y por qué? Porque el día anterior había llorado mucho, y no lágrimas sentimentales, sino de júbilo, en mis solitarios paseos, durante los cuales voy cantando, llorando y delirando a un tiempo, lleno de una nueva visión que poseo antes que ningún otro hombre”. (Epistolario. carta a Peter Gast, 1881. Editado por Biblioteca Nueva)

Las ideas a las que se refiere Nietzsche son las del terrible “descubrimiento” de la muerte de Dios (todo carece de sentido y valor), y las del Ultrahombre (tiene que venir un hombre que sepa vivir sin ideales metafísicos ni religiosos, o sea, sobrenaturales), y el Eterno Retorno (el sentido de la vida sólo se recuperará si se desea que todo vuelva a suceder eternamente, y que el instante de ahora tenga un valor infinito).

En sus últimas cartas firmaba como Dionisos, y alguna vez llegó a firmar como “El Crucificado”. Su último acto consciente fue abrazarse llorando al cuello de unos caballos a los que su amo estaba fustigando. Después de eso fue internado en un psiquiátrico, donde aún vivió nueve años sin, al parecer, enterarse de la enorme fama que su filosofía iba cobrando por toda Europa.
A algunos les gusta pensar que su locura se la inventó él, como último acto de su pensamiento, que apuntaba a ver la vida como Juego y Locura (los médicos no opinan lo mismo, claro).

La importancia del pensamiento de Nietzsche, como él mismo presintió, no es posible calcularla todavía. Según muchos, con él acaba toda una etapa de la historia humana, y a partir de ahora habrá que vivir de otra forma: sin esos ideales trascendentes que la religión ha promovido siempre, y que Nietzsche creyó insostenibles ya para siempre.

Estas son algunas imágenes reales de Nietzsche, en sus últimos días de vida:



martes, 1 de marzo de 2016

Juicio a la Razón, primera parte (Kant)

Hay cierta expectación a las puertas del juzgado. Hoy comienza el juicio contra un personaje muy respetado e ilustre, en quien muchos habían depositado una gran confianza, y algunos, incluso, todos sus ahorros espirituales. Se llama Razón Humana.

El fiscal presenta cargos graves contra ella: en pocas palabras, la acusa de haber invadido funciones que no le corresponden, y haber ejercido de monarca absoluta, imponiendo su autoridad sobre la Ciencia y la Moral. El juicio se celebra en la sede de los Juzgados Trascendentales, en la pequeña ciudad de Köninsberg.
La jueza, a la que no se puede ver la cara porque está en penumbra, lee los cargos que se presentan contra la acusada:


-Señora Doña Razón Humana, funcionaria consejera principal del Estado, se le acusa de haberse extralimitado en sus funciones y haber ejercido una influencia despótica e injustificada sobre los otros funcionarios, tanto en el Ministerio del Conocimiento como en el Ministerio de Decisiones, Deseos y Buenas Obras. Dividiremos este juicio en dos sesiones: trataremos primero de sus presuntos delitos en el Ministerio del Conocimiento. ¿Tiene la acusada algo que declarar al respecto?
Razón.- Toda mi vida llevo trabajando por el ser humano, intentando iluminarle y hacerle libre de la ignorancia, su peor enemigo. Yo he buscado el sentido de su vida y de sus actos. Eso es todo lo que tengo que decir.
Jueza.- Pueden interrogarla el fiscal y la defensa.


(la Razón y la Ciencia)

Fiscal.- Señora Razón, ¿no es cierto que usted afirma que conoce la auténtica realidad de las cosas, y muestra a menudo desprecio por lo que hace la señora Ciencia, de la cuál usted debería ser consejera?
Razón.- La Ciencia sin mí no es nada, es más. no es nada aparte de mí. Yo se lo doy todo
  
Fiscal.- Y ¿cómo explica usted que, mientras ha durado su despótico dominio, no hayamos avanzado ni un palmo, y que ni su propio hijo, la Metafísica, el que dio a luz siendo usted aún virgen, no se ponga de acuerdo ni consigo mismo? ¿Y, en cambio, desde que la Ciencia se ha decidido a sacudirse su yugo, hemos hecho más progresos que en toda la historia?
Razón.- Los temas que yo trato a solas son muy difíciles y principales; la ciencia sólo avanza en cosas minúsculas, relacionadas con la tecnología.

Fiscal.- Señoría, quisiera llamar a declarar a doña Ciencia.
Jueza.- Que entre doña Ciencia.

(Entra y jura decir la verdad)

Fiscal.- Señora Ciencia, ¿puede decirnos a qué se dedica?
Ciencia.- Intento conocer la Naturaleza, o sea, cómo funcionan las cosas.
Fiscal.- ¿Qué ayuda podría y debería prestarle la acusada, la Razón, en su importante labor?
Ciencia.- Bueno, ella está encargada de acompañar a los Sentidos y presentarle hipótesis generales, formas de organizar lo que aprendemos.
Fiscal.- ¿Ha estorbado alguna vez la señora Razón su trabajo?
Ciencia.- Lo cierto es que a veces se pone a hacer afirmaciones gratuitas, pretendiendo decirme cómo son las cosas sin atenerse a los datos ni probarlo experimentalmente. Normalmente lo único que hace cuando se pone en ese plan es distraerme, pero a veces, cuando se junta con la directora de la Asociación de Esperanzas Infinitas, me refiero a doña Teología, llegan a intentar impedirme mi trabajo. Dicen que yo ataco todo lo que nuestros antepasados nos habían mandado creer.
Fiscal.- Muchas gracias.

(Se sienta. Interroga la Defensa de la Razón)

Defensa.- ¿No es cierto, señora Ciencia, que lo que usted llama "conocer el mundo" se limita a observar las apariencias, y medirlas y pesarlas?
Ciencia.- Observo lo que veo, claro.
Defensa.- Lo que ve con sus ojos, ¿verdad? Y ¿no es verdad que usted no es siquiera capaz de distinguir si lo que ve es una ilusión o la verdad?
Ciencia.- ¡Eso me dice a veces la Razón! Pero ¿¡qué sé yo de eso!? Distinguir sueño de realidad lo sabe hacer cualquiera. Yo, por lo menos, digo que acerca de si las cosas son o no como podamos verlas, no tengo nada que decir. Sólo quiero que no se metan en mi trabajo.
Defensa.- ¿No es verdad, doña Ciencia, que la razón va, ella sola, descubriendo la matemática, y que sin ella usted no podría dar un paso?
Ciencia.- Ahí sí me es de gran utilidad la acusada. Para mí la matemática es, por decirlo así, mi lenguaje. O, mejor aún, las reglas de mi lenguaje. Pero el contenido de las palabras tengo que sacarlo del mundo mismo, no de la Razón. Eso es lo que ella se empeña en no reconocer.
Defensa.- Y ¿qué tiene usted que decirnos sobre el sentido de la vida humana, sobre nuestro destino y todo eso?
Ciencia.- Nada de nada. Yo sólo hablo de lo que sé.
Defensa.- Y ¿por qué niega usted que la Razón nos pueda decir algo al respecto?
Ciencia.- Creo que me está usted confundiendo con el fiscal: yo no digo que ella no tenga nada que decir, lo que digo es que ella no es Ciencia, no se atiene a lo comprobable. Sólo pido que respete mi trabajo.
Defensa.- Muchas gracias.


(La Metafísica: dialéctica de la razón)

Fiscal.- Señoría, quisiera llamar a declarar a don Hilemorfinez el Metafísico, el hijo de doña Razón Pura, porque lo tuvo siendo ella aún virgen.

(Entra en la sala el Metafísico, un personaje estrafalario que lleva una cara de frente y otra en la nuca, como si fuesen dos hermanos siameses pegados por la espalda. Jura decir la verdad).

Fiscal.- ¿A qué se dedica usted?
Hilemorfinez de frente.- Soy metafísico, de nacimiento. Me dedico a investigar lo más importante, lo que no puede verse con los ojos, sino sólo con la mente pura.
Fiscal.- ¿De dónde saca usted todo su presunto conocimiento?
Hilemorfinez.- Lo heredé de mi madre. Si tengo alguna duda, le pregunto a ella, que guarda todos los recuerdos en el cajón de la cómoda.
La espalda de Hilemorfez.- ¡Tú no sabes nada de nada! ¡Eres un ignorante engreido!
Hilemorfinez.- No le hagan caso, es mi espalda, una maldita sombra que se llama Materialismo, una tara de nacimiento. ¡Señor, qué habré hecho para merecer esto!

Fiscal.- Señora jueza, quiero demostrarle que todo lo que dice este hombre son puras ilusiones, y que ni él se pone de acuerdo consigo mismo.
Jueza.- Proceda.
Fiscal.- Veamos: Usted afirma que los humanos somos almas inmortales, seres inmateriales, ¿no es así?
Hilemorfinez.- Lo afirmo rotundamente. Si pienso, existo. Y como puedo separar la idea de pensamiento de la de cuerpo, sé que el pensamiento es algo independiente. Además es inmortal, puesto que sabe cosas eternas, como los números.
Hilemorfinez-espalda.- ¡Qué estupidez! Tú no has visto nunca un alma, ni la verás. Lo único que sabes es que piensas, pero eso lo hace tu cerebro. Estás más vacío que mis bolsillos.

Fiscal.- Veamos otro ejemplo: ¿dice usted que somos libres en nuestros actos?
Hilemorfinez.- Por supuesto (si no ¿cómo podríamos ser juzgados y culpados?). Tiene que haber una causa libre, no todo puede estar determinado, porque así iríamos al infinito…
Hilemorfinez-espalda.- ¡Tonterías! No hay nada libre: todo está hecho de átomos, incluido tu cerebro, y los átomos se mueven según leyes que nadie puede cambiar. Hasta si fuese cierto que pasan cosas por azar, eso no sería nada parecido a la libertad.

Fiscal.- Última prueba, señoría: Afirma usted, Hilemorfinez, que existe una Persona Infinitamente Perfecta y Todopoderosa…
Hilemorfinez.- Por supuesto: su existencia se deduce de su esencia, o sea de la idea de Perfección.
Hilemorfinez-espalda.- ¡Lo que se deduce es la inexistencia de tu cerebro! ¿Cómo vas a sacar una cosa de sólo una idea? Decir que algo existe no es decir nada, si no dices dónde está y cómo comprobarlo (Se ponen a discutir sin parar).
Fiscal.- No tengo más preguntas. Creo, señoría, que es evidente que no hay cosa en la que éste, el niño mimado de la acusada, esté de acuerdo consigo mismo. Lleva así desde que nació, y no hay visos de que vaya a mejorar. Sinceramente, señoría, creo que necesita atención médica. Y su estado es fruto de la procreación virginal de la acusada, que quiso tener hijos sin comercio carnal.

Jueza.- Tiene la palabra la defensa.

Defensa.- Señor Hilemorfinez, ¿a qué atribuye usted esas desavenencias entre su rostro y su espalda?
Hilemorfinez.- A que mi tarea es muy difícil, y este engendro que me cuelga de nacimiento, el Materialismo, es difícil de reducir. Pero estoy tomando medicaciones que ha elaborado mi madre, muy potentes en racionalina y analiticoides, y creo que pronto estaré bien.
La espalda de Hilemorfinez.- ¡Ni te creas que te vas a deshacer de mí, loco! ¡Algún día serás tú el que esté en el museo de momias!

(Hilemorfinez se pone a discutir con su espalda sin parar; tienen que desalojarlo de la sala. Fiscal y Defensa presentan sus conclusiones).

Fiscal.- Creo que ha quedado demostrado que la acusada no sabe nada de lo que dice saber por sí sola, y ha invadido funciones que no le corresponden, con premeditación y usando de la mentira. Con ello ha impedido o retrasado el progreso de la Humanidad, estorbando el trabajo de la Ciencia, a la que debía servir. Pido que se le quiten todos los poderes que ha ido acumulando, que se le ordene no acercarse jamás a la Teología y que su hijo, Hilemorfinez, sea recluido en un sanatorio, donde reciba la atención necesaria.

Defensa.- Señoría, es evidente que los cargos que se le imputan a mi defendida son injustos y proceden de la soberbia de ciertos revolucionarios modernos, adoradores de la Ciencia, que no quieren reconocer a nadie por encima de ellos, aunque sea a su propia madre, la Razón. Pido que no sólo se la absuelva de los cargos, sino que se le reconozca oficial y definitivamente su lugar principal en nuestro Estado.

(La jueza se ausenta un momento, y vuelve para dictar sentencia:)

Fallo de la Jueza.- Oídas a las partes, fallamos lo siguiente: Encontramos a la acusada, culpable de haberse extralimitado en sus funciones para el Ministerio de Conocimiento. Ha quedado en evidencia que ella no posee ningún conocimiento concreto, sino que se limita a ser pura forma, que necesita la información de los sentidos. Es verdad que ella ha elaborado nuestra mejor herramienta de conocimiento, la matemática, pero lo ha hecho porque, sin confesarlo y hasta sin saberlo ella misma, conocía las características generales de nuestro campo de los sentidos, ya que la forma de la experiencia, que es el espacio y el tiempo, la ponemos nosotros a priori, no son características de las cosas en sí mismas, de las cuales no podemos saber nada. Es verdad que la Ciencia no estudia más que los fenómenos, pero para nosotros, seres limitados, no hay más conocimiento que ese.

En cuanto a los demás conceptos racionales, tales como Unidad, Sustancia, Causa y similares, de los que presume la Razón, ha quedado probado que sólo tienen utilidad si son usados por la señora Ciencia.
En lo sucesivo, pues, la Razón permanecerá alejada para siempre de la Teología, y se limitará a prestar sus servicios a la Ciencia, y, como mucho, presentarle ideas muy generales (ideales regulativos) por si le sirven de pista a la Ciencia para seguir investigando las leyes más generales posibles sobre el mundo.
Pero como sabemos que es inevitable que la Razón caiga nuevamente en su error, porque por naturaleza y bienintencionadamente ella siempre busca la mayor unidad posible, la condenamos únicamente a que relea esta sentencia cada mañana antes de desayunar.
En cuanto a su hijo el Metafísico, sugerimos que sea tratado médicamente, hasta eliminar su doble personalidad, y se le emplee luego como mensajero de conceptos muy generales entre la Razón y el departamento de Ciencias, permitiéndosele que conserve el noble nombre de metafísico.
La vista de los demás cargos se aplaza para mañana. Se levanta la sesión.

¿Estás de acuerdo con la sentencia? ¿La recurrirías? ¿Con qué argumentos?

martes, 23 de febrero de 2016

Un tiempo entre la física y la filosofía

Hoy hemos hecho un paréntesis en el TIEMPO, hemos juntado las clases de Física y Filosofía, nos hemos juntado profesores y alumnos de Filosofía y de Física, y hemos pasado dos magníficas horas hablando del TIEMPO.

Hemos visto cómo ya desde que tenemos noticias, los seres humanos se han representado el tiempo sea de forma circular (como siguiendo las estaciones que rigen la naturaleza) sea de forma lineal, con un comienzo a partir del caos (del Agua primigenia, etc.) y de alguna(s) inteligencia(s) que lo ordenaban. ¡A veces estas "cronovisiones" se dan en la misma cultura!

Y cómo los primeros filósofos volvieron a plantearse lo mismo, con Anaximandro y Heráclito por la parte (“allí de donde todo sale, allí regresa con el tiempo…” “este mundo es fuego siempre vivo que se enciende y apaga con medida”) y Anaxágoras, por ejemplo, por otra (al principio todo estaba en todo, y todo fue dividido por la Inteligencia).

Cómo también desde muy pronto se planteó la cuestión de si el mundo es real o irreal, y de si es absoluto o relativo. Platón nos decía que el tiempo es “solo” la imagen móvil de lo eterno, y que es algo relativo en cuanto solo hay tiempo cuando hay movimiento de los astros, pero que ese movimiento es perpetuo o sempiterno (o sea, que el tiempo tiene un origen, pero no cronológico). Aristóteles lo definió, hemos visto, como el número del movimiento según el antes y el después (y hemos visto cómo esto no es una definición circular, porque quizá no es lo mismo estar en orden –antes, después- que cambiar y pasar el tiempo, como también vimos luego). Y cómo dice Aristóteles que el tiempo está en la psique.

Cómo Agustín no sabía qué era el tiempo si se lo preguntabas. Y cómo Tomás de Aquino, a la vez aristotélico y cristiano, llegó a la conclusión de que no se puede demostrar racionalmente ni que el mundo tuvo un comienzo (como le decía la fe) ni que existe desde siempre (según le razonaba “el Filósofos” –o sea, el mismo Aristóteles-).

Cómo Newton y Leibniz disentían, porque el primero creía que tenía que haber un tiempo absoluto, que sirviese de referencia al tiempo de los eventos concretos, mientras que el segundo creía que el tiempo solo es una relación (no una sustancia o cosa) que surge cuando relacionamos sucesos, así que, en ausencia de sucesos, no hay tiempo.

Cómo Kant pensaba que el tiempo no es una propiedad de las cosas en sí mismas, sino de nuestra manera de percibirlas.

Cómo el ingenioso John E. McTaggart razonó que el tiempo es irreal pues, de las dos series con la que nos lo representamos, una de ellas (la que consiste en las nociones de anterior – simultáneo – posterior), está siempre quieta, y la otra (la que usa las nociones de pasado – presente – futuro) puede correlacionarse con cualquier punto de la otra, de modo que ¿cuál sería el presente real y auténtico?: decir que el presente real es el que es simultáneo a nosotros es puro chovinismo, pues para el egipcio nosotros somos futuro y para los jedi nosotros somos pasado.

El propio Einstein se debatió entre ambas cosas: es famosa su frase de que el tiempo es una ilusión, por persistente que sea, ya que en el espacio-tiempo todos los sucesos están colocados para siempre, cada uno en su sitio; además, no existe la simultaneidad absoluta. Sin embargo, alguna vez confesó (al filósofo R. Carnap) que hay algo muy misterioso en el paso del tiempo, pero que tenía la convicción de que eso era inaccesible a la física.

El profe de Física nos contó, después, cómo han evolucionado las mediciones del tiempo, desde los relojes de arena y agua, hasta los modernos relojes que se basan en la oscilación de un electrón.

Y cómo Galileo y Newton descubrieron las propiedades del tiempo clásico. Pero cómo Einstein vino a demoler esa tranquila comprensión cuando nos mostró que la velocidad de la luz es constante, independientemente de que se la mida en movimiento o no, luego que el tiempo se encoje o va más despacio para los que se mueven más deprisa (de donde deducimos que es bueno para aumentar la longevidad salir a pasear o a correr, sobre todo a velocidades cercanas a la luz). Y cómo el mismo suceso no es simultáneo a dos observadores en sistemas de referencia diferentes (por ejemplo, uno subido en una nave y otro fuera).

Y cómo es que, si las leyes de la física son indiferentes a futuro y pasado, vemos que los sucesos ocurren solo en un sentido (no vemos que el cola-cao se deslíe dentro del vaso), y eso sería sencillamente porque los estados “desordenados” son muchísimo más probables que los ordenados, de modo que las cosas tienden, por simple probabilidad, a desordenarse, o, en una bonita palabra para un trágico final, a la Entropía. Todo esto nos lo demostró Ernest con un rompecabezas que le robó el otro día a su sobrino.

Y cómo, por último, la física cuántica le dio otra patada a nuestro sentido común cuando enseñó que no puede medirse con absoluta precisión dos variables de una partícula a la vez, y planteó la posibilidad de que el tiempo conste de “partículas” últimas o “cronones”.

Varias preguntas surgieron por el camino:

  • ¿Cómo se le ocurre a McTaggart decir que no existe el tiempo? ¿Estaba loco?
  • Si el camino a la entropía se debe a la mera probabilidad, esto es, a que los estados desordenados son a priori muchos más que los de orden: ¿no tendría que pasar que, después de un porrón de tiempo, volviese a ocurrir el estado “ordenado”? O sea, si juego la lotería muchas más veces que los números que hay en el bombo, ¿no se va haciendo cada vez más probable y tendiendo a necesario que me toque dos veces, tres…? Esto le daría la razón a locos como Heráclito o los sabios hindúes, que dicen lo mismo.
  • Si el estado inicial del universo era ridículamente improbable, ¿no hacen bien los teístas en sacar de aquí un argumento a favor de la existencia de una Inteligencia creadora (u ordenadora, como la de Anaxágoras), ya que cuando encontramos algo muy improbable (una construcción en medio del campo) se la atribuimos a un ser inteligente? Ya, pero ¿no es también ese presunto Dios un ser altamente improbable, que necesitaría una explicación aún mayor? ¿Tal vez no, porque precisamente lo que es eso lo que define a la Inteligencia (pero no a la energía)?
  • O sea, ¿de dónde sale todo esto? ¿Quizá no tiene sentido decir que surge de ninguna cosa ni que hay ninguna cosa antes del universo? Pero Stephen Hawking ha dicho que el universo nació de unas disimetrías matemáticas: ¿entonces existían las matemáticas antes del universo material? ¿Nos estaremos volviendo… pitagóricos?
  • Una pregunta más: ¿qué relación hay entre la Física y la Filosofía? ¿Se pueden demarcar sus preguntas? ¿Son las del filósofo puramente abstractas, sin contacto alguno con los hechos?
  • En fin, más preguntas que respuestas, la sensación de que no tenemos ni idea de lo que es el tiempo, pero de que no-la-tenemos mucho mejor que antes.

martes, 26 de enero de 2016

certezas y Certezas. Una cuestión cartesiana

¿Por cuál de las siguientes (presuntas) verdades lo apostarías todo:

   a) Tengo dos manos (suponiendo que las tengas, y las puedas ver ahora).

   b) No hay en Alaska una finca cuadrada con cinco lados.

   c) Existo (ahora)
?


(Ver también http://cavernisofia.blogspot.com/2009/11/nunca-te-descartes-ti-mismo.html)

jueves, 7 de enero de 2016

Creer sin/para/con entender. Fe y Razón en el pensamiento medieval

He aquí diversas maneras de concebir la relación entre FE y RAZÓN.

A) Si lo que quieres es encontrar el sentido de las cosas y de tu vida, deja toda filosofía y toda ciencia, limítate a tener fe. La razón humana es incapaz de comprender el misterio de la existencia, el infinito poder de Dios. Es sólo soberbia humana creer que podemos descubrir los secretos del mundo. Pero Dios, en su bondad, nos ha revelado todo lo que necesitamos saber. (Fideísmo). “Reza y trabaja” (ora et labora); “Creo porque es absurdo” (Tertuliano), “Esto es locura para los filósofos” (Pablo). “Sola Fides” (Lutero)

B) La fe es superior a la razón. Por mucho que tu razón te presente creencias evidentes, si no crees antes que tu mente ha sido creada por un ser bondadoso que la ha hecho adecuada para el conocimiento, en vez de por un diablo que te hace equivocarte siempre o por el azar, no podrías saber si todo lo crees es algo más que una ilusión o un sueño. Así que si no crees no entenderás. Pero el creyente tiene también la obligación de razonar lo que cree, y también la razón es una creación de Dios. “La fe buscando entender” “La fe preguntando a la inteligencia”. (San Agustín, San Buenaventura, San Anselmo…)

C) No puede haber contradicción entre lo que nos dice la razón y lo que nos revela nuestra fe, porque ambas nos han sido dadas por Dios. Como nuestra razón es muy débil y se equivoca mucho, si dependiésemos sólo de ella, casi nadie encontraría el sentido de su vida. Por eso Dios nos reveló, por medio de la fe, todo lo importante para nuestra salvación, y dejó a nuestra investigación los detalles científicos. La razón no necesita a la fe para sus investigaciones, sino que le basta con la luz natural que hay en ella (los filósofos griegos, que no conocían la fe cristiana, o musulmana, llegaron a los mayores logros científicos y filosóficos), pero hay verdades que son inalcanzables para la razón (como la Trinidad o la Encarnación de Dios), y que sólo la fe puede hacernos conocer. (Santo Tomás de Aquino y otros filósofos teólogos).

D) Unas son las verdades de la fe y otras las de la razón. Muchas cosas que la fe declara como ciertas (la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, etc) son dudosas o incluso falsas según la razón. El creyente, en esos casos, elegirá su fe, y no intentará demostrar lo que no se puede demostrar. (Teoría de la “doble verdad”, atribuida a Averroes, Guillermo de Occam y otros).

E) La fe es una forma popular de expresar verdades filosóficas que la mayoría de la gente no podría entender si no fuese en el lenguaje mítico. (Racionalismo, gnosticismo)

F) La fe no es más que una forma primitiva y antropomórfica de intentar contestarse a las preguntas naturales y morales. Representa un estado primitivo de la mente humana, que debe ser suplantado por la ciencia basada en los hechos.
("Racionalismo ilustrado")

¿Cuáles de estas versiones crees que te llevaban directamente a la hoguera durante la Edad Media?

¿Qué te parece cada una de ellas? ¿Cuál(es) crees que está(n) más extendida(s) hoy en el mundo? ¿Cómo crees que influyen en la historia?

martes, 1 de diciembre de 2015

El síntoma del "síndrome de Diógenes".

Hablando de los “grandes” me había olvidado (¡como no!) de los pequeños.

Diógenes de Sinope, "el Cínico" o "perruno" (siglos IV – III a. c.), quiso vivir de manera natural, es decir, sin los artefactos artificiales y las artimañas arteras de la sociedad y la convención. Por eso su casa era una tinaja, y sus únicas propiedades, un manto, un zurrón, una garrota y un cuenco… hasta que vio a un niño que cogía el agua con las manos, y entonces Diógenes se deshizo de su cuenco: "Este niño me ha enseñado que tenía cosas que no necesito".


Se dice que andaba con una linterna, diciendo que buscaba un humano. Pero, claro, sólo encontraba políticos, profesores, abogados, trabajadores, amas de casa…

Un día se masturbaba en la plaza pública de Atenas, y algunos ("gentecilla de bien" los llamaría Brassens) le reprendieron. Él contestó: -¡Ojala el hambre se quitase también sólo con frotarse la barriga!

Una vez Alejandro Magno fue a verle y le preguntó: -¿Puedo hacer algo por ti? Diógenes contestó: -Sí, puedes quitarte del medio, porque me tapas el sol.

Diógenes tenía consciencia de la pequeñez y caducidad de las cosas, y también, por eso, seguramente de su belleza. En esto era lo opuesto a Platón: no necesitaba creer en la eternidad ni en las ideas. Se cuenta que un día fue a casa del gran Platón, y como este le dijera: "por favor, si vas a escupir sobre algo, como es tu costumbre, hazlo sobre lo menos valioso que veas", Diógenes escupió en la cara de Platón.

No sé bien por qué extraños caminos se ha llegado a identificar su nombre con esa “enfermedad” (síndrome) de algunas personas que acumulan basura. Lo que demuestra esto para mí es que el verdadero síndrome de Diógenes lo padecemos los demás, porque sólo alguien que, como nosotros, esté con la mierda hasta el cuello es capaz de

-no darse cuenta de que los que acumulamos mierda somos los que tenemos mil cosas que no necesitamos y nos esclavizan

-confundir la libertad con la miseria y la riqueza con la higiene

(quien no se identifique con esta descripción, que no se sienta aludido)

Los perros, o Diógenes, no dejan rastro cuando pasan por la Naturaleza. Los demás, dejamos kilos de basura, un mundo cada vez más inhabitable y feo. Tendríamos que pensarlo un poco, ¿no?

Porque ¿Qué es la mierda?

(Os recomiendo esta canción, un poema del poeta y pensador español Agustín García Calvo, con música de Amancio Prada:
Libre te quiero



Pero no mía, ni de Dios ni de nadie, ni...
tuya siquiera

viernes, 30 de octubre de 2015

EXCLUSIVA: Entrevista con Platón

Un periodista de cavernisofía ha conseguido hablar con el filósofo ateniense Platón acerca de la situación política actual. He aquí el valioso testimonio de esa entrevista:


Periodista (P).- Maestro Platón, viviste hace casi dos mil quinientos años y ahora accedes a visitarnos. Bienvenido a la Modernidad. ¿Notas una gran diferencia?

Platón.- Tengo que contestarte con un sí y con un no. Veamos: me sorprende gratamente, de vuestra sociedad, que algunas prácticas inhumanas se hayan minimizado o suavizado algo: por ejemplo, la esclavitud. También me alegra ver mujeres en la política, las artes y, en fin, por todas partes, aunque la cosa no me parece que esté clara…: yo mismo tuve siempre dudas sobre lo que significa ser mujer o varón, es decir, si hay ahí una diferencia esencial, que nos destina a oficios y labores diferentes, o bien, como creía cuando escribí La República, si esa diferencia es convencional, social… y, por tanto, eliminable, en favor de la igualdad de vidas los ciudadanos…

P.- ¿¡Igualdad!? ¡Reconoce que suena chocante esa palabra en tu boca!: todos te tienen, o tenemos, por el defensor de una utopía (o distopía) donde reina una completa desigualdad…

Platón.- Te entiendo, pero piensa que eso depende de cómo comprendamos lo de “igual”: ¿tratar a seres desiguales de la misma manera es tratarlos con igualdad? ¿Das y pides lo mismo a tus dos perros, si uno es grande y, por tanto, necesita comer más pero a cambio puede también correr más que el otro? ¿Exiges lo mismo a tus dos hijos, si uno tiene un carácter, mental y físico, diferente del otro? Creo que la igualdad real consiste en tratar a cada uno según su naturaleza, darle lo que necesita para desarrollarse cuanto pueda, y no exigirle ni más ni menos de lo que puede dar, que será también lo que le haga más feliz, dentro de sus posibilidades.

P.- Bien, luego te preguntaré por eso; volvamos ahora, si te parece, adonde estabas antes de que te interrumpiera: a tu sí pero no…

Platón.- Sí. Bueno, ahora iba al no: pese a los grandes cambios que he podido ver en vuestra sociedad (y añado a lo anterior el desarrollo de la ciencia y la técnica, por ejemplo), veo que, en el fondo, la naturaleza humana sigue siendo esencialmente la misma: los mismos males que padecíamos nosotros os afectan hoy.

P.- ¿Por ejemplo?

Platón.- Por ejemplo y sobre todo el enorme desconocimiento que la mayoría de las gentes tienen de lo que son en realidad, de esa inmensa belleza que esconden detrás de un montón de instintos egoístas y deseos irracionales.

P.- ¿Qué belleza es esa?

Platón.- La de ser criaturas capaces de trascender con el pensamiento todo lugar y tiempo, y comprender, al menos hasta cierto punto, la esencia de las cosas, y de sus propias existencias.

P.- ¿Qué descripción harías, entonces, de nuestra sociedad occidental?

Platón.- Dicho sin miramientos, es fundamentalmente una sociedad podrida, en la que se valora más acumular y consumir bienes materiales (por llamarlos bienes de acuerdo al uso común, aunque en realidad son males desde el momento en que no los necesitas y te esclavizan), eso se valora más, digo, que la honestidad y la inteligencia, la verdadera inteligencia.

P.- Pero ¿no te parece que vivimos, también, en la edad del conocimiento?

Platón.- Solo si le reduces la cabeza al conocimiento. Para mí, el conocimiento es algo más que matemática al servicio del lujo y sus guerras. Pero ese auténtico conocimiento, el que decía el maestro Sócrates, de qué somos y qué nos conviene… ¿me puedes decir en qué lugar lo depositáis?

P.- ¿En las universidades de Filosofía, o algo así?

Platón.- Me temo que no: vuestros filósofos, en su mayoría, son como los que conocí en mi comerciante Atenas. En primer lugar son lo que yo llamo unos “misólogos”, es decir, que le tienen odio o simplemente indiferencia a los razonamientos, y se dedican a ejercitar la verosimilitud o algo así como pseudo-poesía. En realidad, creen que la Verdad es una palabra pasada de moda. Lo importante es la utilidad… Los pocos que escapan a eso, ahora como siempre, son vistos como bichos raros e incluso como locos, ¡si no es que los ajustician!

P.- Entiendo que no te gusta la educación que has encontrado entre nosotros…

Platón.- En verdad no creo que se pueda llamar educación a eso: es un adiestramiento técnico, sin pensamiento ni intento de tenerlo acerca de la idea del Bien, de la Justicia.

P.- Tú hablaste pestes sobre la democracia. ¿Sigues, realmente, creyendo que hay algo mejor, o, por lo menos, menos malo? ¿No ves cómo vivimos hoy, en paz y tolerancia?

Platón.- Veo que vivís bajo auténticas mafias, es decir, bajo una oligarquía. Unos cuantos poderosos, cuyo objetivo en la vida es satisfacer el mayor número de deseos físicos, incluyendo los tratos más degradantes con mujeres, por ejemplo…, dirigen el destino de todos los humanos: su dinero cruza las fronteras y usa productores esclavos, incluidos niños, en cualquier lugar de miseria donde puede aprovecharse de tiranos alimentados por ellos mismos. Los que estáis más cerca de la mesa de esos oligarcas, y obtenéis, pues, mayores migajas, os sentís libres. Pero la libertad es otra cosa muy diferente.

P.- ¿Qué es?

Platón.- La libertad es ser dueño de uno mismo, es decir, saber lo que conviene a tu naturaleza: no es llenar el barril sin fondo de tus apetitos lamiendo la mano que te proporciona esas drogas.

P.- Y ¿cómo se puede acabar con eso?

Platón.- Es prácticamente imposible, amigo, porque las naturalezas que pueden cambiarlo son pocas, y son corrompidas desde niños (aunque lo llevan mal) y vigiladas de cerca.

P.- ¿Te refieres a tus sabios gobernantes?

Platón.- Me refiero a lo que llamo, en general, guardianes, es decir, esas almas nobles que antepondrían la justicia y la honestidad a su beneficio: ese juez, por ejemplo, que no se deja comprar por las mafias, pero también a ese hombre, por poco intelectual que sea, o a ese joven, que son insobornables por sus superiores, o esas mujeres policía que son las únicas que se atreven a ocupar puestos en algunas ciudades de países muy corruptos y violentos…

P.- Pero ¿esas naturalezas, si existen, querrían gobernar por la fuerza, contra la opinión de la mayoría?

Platón.- Por la fuerza se gobierna siempre, también ahora. Los humanos no somos tan racionales que podamos prescindir de ella. Pero los guardianes en que pienso solo tendrán que someter a la fuerza a los más ignorantes y, por tanto, egoístas, esto es, a los que quieren poseerlo todo. Los demás, creo yo, aceptarán un buen gobierno, en el que pueden participar con argumentos, y donde se es capaz, también, de reconocer al que es más sabio que tú, como hacemos con los médicos… La vanidad democrática no puede entender esto, lo sé…

P.- Déjame que vuelva sobre la desigualdad, o igualdad…, y la naturaleza. ¿Crees, entonces, que nacemos ya con unas características, que nos acompañarán toda la vida?

Platón.- Es muy probable. Aunque todos somos humanos, no todos tenemos las mismas capacidades e inclinaciones.

P.- Pero, ¿no se deberá esa diferencia a la educación que hemos recibido o al entorno en que hemos vivido, como dicen los socialistas?

Platón.- En su mayor parte, sí, o quiero pensar que sí. No creo que todo. En cualquier caso, lo primero que deberíamos hacer, desde luego, es impedir que el entorno marque a uno y le impida llegar a ser lo que es, como decía el excelso Píndaro.

P.- ¿Quitando al niño de la mano de los padres?

Platón.- No tanto: consiguiendo que el influjo social borre lo más posible esas diferencias. Y, una vez que cada uno creciese sin entorpecimientos, como plantas bien cuidadas y no torturadas por el jardinero, veríamos para qué está capacitado uno.

P.- O sea, si su alma es de cobre, plata u oro… Y, entonces, ya se podría dar a cada uno según sus méritos, ¿no es así?

Platón.- Esa es una manera pobre de ver las cosas, una manera propia de comerciantes.  ¿Qué es el mérito, y qué habría que darle? En el fondo, nadie se merece nada, puesto que todo el mundo hace cuanto puede según su naturaleza y circunstancia. Y tampoco nadie quiere tener más que otro, al menos el honesto. Se trata, más bien, como te decía antes, de darle a cada uno lo que necesita, y que él dé de sí lo que pueda. Así, tanto él como todos seremos lo más felices que podemos los mortales.
  
P.- Permíteme que abuse algo más de tu paciencia: tú escribiste, en La República, que los guardianes no tienen ni quieren propiedad privada, sino que todo lo tienen en común, y aquí incluías la sexualidad y los hijos. ¿Has cambiado de parecer en esto; sigues creyendo, como algunos comunistas, que la familia es algo así como enemiga de la sociedad, y que el amor entre un hombre y una mujer, en exclusividad, es un invento poético de seres egoístas?

Platón.- También sobre esto he tenido siempre mis titubeos, como respecto del asunto de la mujer y el varón… Quiero seguir creyendo, con los pitagóricos, que entre amigos todo es común, y que allí donde aparece lo mío cesa lo universal, lo nuestro, lo común, que decía Heráclito. Los celos, entre hombres y mujeres, o entre niños, me parecen más cosa del deseo egoísta y posesivo que de seres inteligentes. Pero reconozco que para la naturaleza humana es muy difícil desprenderse de ello, si es que debe hacerlo.

P.- Bien, querido maestro, te agradecemos mucho tus palabras, que parece que siguen tan frescas después de más de dos milenios.

 Platón.- Gracias a vosotros por mantenernos vivos, como por otra parte no podéis dejar de hacer. Lo más viejo es lo más nuevo: vosotros sois más viejos que nosotros, que vivíamos al principio, según vuestra imaginación; pero por eso nos veis como viejos. En realidad, estamos metidos en el mismo diálogo, el del hombre consigo mismo.